Del placer a la frustración, llamémoslo “Tinder”

Me aburrí de Tinder

¿Qué haces cuando te aburres? entras en Tinder (o Happn, o Bumble, o Meetic…) ¿verdad?… ¿No?… Pues yo he venido hoy a confesar que sí, que lo hago y mucho, y eso me está convirtiendo en una persona cada vez más fría y con una perspectiva un tanto cínica del amor, las relaciones (y el sexo).

Soy una ávida lectora de revistas digitales, foros y blogs de corte femenino-feminista, y entre los cientos de artículos sobre la copa menstrual y el Satisfyer, no he encontrado ni uno sobre si es posible que el corazón se te vuelva insensible de tanto usarlo, como el clítoris con el Satisfyer… (Perdón por el chistecito, pero lo vi muy claro).

 

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Rebuscando un poco en la maravillosa hemeroteca que es internet, encontré un artículo de 2016 en The Atlantic, que me llevó a otro de Vanity Fair gracias a la magia del linkbuilding, y allí vi que no soy la única que ha pasado a utilizar Tinder u otras apps de citas más como un trabajo que como una manera de divertirse. En los artículos han llamado a este fenómeno de maneras diferentes, pero el término aceptado parece ser “dating app fatigue” (fatiga de las apps de citas).

Indagando aún más y buscando información más reciente sobre el asunto, encontré esta publicación de Código Nuevo que me llevó a lo que buscaba: la explicación sintomática de mi fatigada relación con Tinder y mis no-relaciones con los chicos que viven allí. En el artículo definitivo, de Verily Mag, la redactora explica claramente cuáles son las fases de esta sensación de burnout que nos genera a los solteros el buscar pareja en una app.

Para Taylor Davies, el primer síntoma de que ya lo de la app te está quemando, es que el hacer swipe hacia un lado o hacia el otro se convierte en algo rutinario y mecánico, casi como limpiar el baño; lo haces porque lo tienes que hacer.

Ver fotos y bios ya no te genera ninguna emoción, vas de un(a) candidato(a) al siguiente como si mirases licuadoras en Amazon; y si te pasa como a mí, me atrevería a decir que más de una vez pasas de Tinder a Amazon para ver electrodomésticos con mucha más ilusión.

Lo que le sigue a la no-emoción es la no-acción, tener un listado largo de “matchs” y no interactuar con ninguno, vas por la app como si fuese un juego y sin entablar una conversación con nadie porque… ¿Para qué, si todos son iguales?

Después llegamos a la fase de cuestionarte si el problema eres tú y tus expectativas: “Quizá estoy siendo muy exigente”, “No me atrae, pero quizás tenga algo que aportar en persona”, “Estoy eligiendo mal”.

Te adelanto que no, la mayoría de las veces el problema no eres tú ni tus expectativas, es el entorno en el que tanto tú como ellos están igual de quemados y hastiados como tú. Pero digamos que entablas conversación con personas que no te acaban de convencer, que no te generan un gran interés y que todo deriva en una primera cita sosa y mediocre, ¿Te sientes mejor ahora?.

Y no, por experiencia propia digo: Antes que una mala cita o una cita mediocre, es mejor NINGUNA CITA.

 

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Habiendo pasado ya por las primeras tres fases de no verle ningún resultado a estar en Tinder todos los días religiosamente dando swipe hasta que se te entumece el dedo pulgar, decides desinstalar la app. Quieres tiempo para ti y hacer un detox de las conversaciones vacías, las bios que ponen “carpe díem” y las fotos acariciando elefantes en la India.

¿Pero qué pasa?, que somos como junkies y en pocos días la volvemos a instalar. ¿Por qué?, porque conocer gente en la vida real, lo queramos o no, toma mucho más tiempo, el proceso de selección es mucho más complejo y esto hace que nos frustremos aún más.

Ahora llegamos a mi escalón, en el que estoy desde hace varios meses, ya los comportamientos como el ghosting (desaparecer sin dar razones de la noche a la mañana), el orbiting (hacer ghosting a medias, te deja de hablar directamente pero vive en tus redes sociales con likes y vistas a tus stories) o el benching (solo aparece cada 3-4 semanas cuando alguna persona lo/la deja y quiere ver si sigues disponible), te parecen perfectamente normales, razonables e incluso los has adoptado.

Nos volvemos impermeables a las conexiones reales con las personas.

Lo sé, es agotador. Es difícil mantener la esperanza de que alguien, algún día, pasará del “match” digital al verdadero, después de haber estado en decenas de citas de mierda y en unas pocas buenas que al final no llegaron a nada más.

Pero quiero creer que la moraleja de todo este asunto es aprender a reconocer cuándo llega un momento de ponerle pausa a la búsqueda de otro y reencontrarse con uno mismo. Creo que antes de seguir alimentando a la bestia de la frustración, es mejor parar y hacer (esta vez de verdad) un detox de las citas, volver a conectar con amigos, con hobbies, con la rutina y permitirnos tener un tiempo para volver a encontrar la fuerza y la energía de regresar al ruedo con una actitud más positiva.

Pro tip:

Antes de hacer ghosting a alguien, piensa en cómo se sintió cuando alguien que te gustaba te lo hizo a ti. Es una conversación desagradable y puede que la respuesta de la otra persona no sea la más polite, pero recuerda que lo haces por ti, para sentirte satisfecha sabiendo que has obrado bien.


 

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