Mis mellizas: El In Vitro que cumplió un sueño

Y aquí comienzo a escribir algo que desde hace tiempo me ronda en la cabeza. Solo espero ser más constante con la escritura que la última vez que quise ser fitness….

¡Hoy ya soy mamá! Más allá de todo lo bonito romántico-cursi que eso suena, creo que soy otra… Hoy ya son más de 16 meses después del día en que nacieron mis dos razones de escribir, sí, las mellizas, o como las llamo yo: mis «Pinypon».

Hoy entiendo esas frases repetitivas de la gente tales como: «Duerme mucho», que, aunque en el fondo te den fastidio escuchar, luego de tres meses, entiendes que sí, debiste DORMIR MUCHO y más aún cuando vives en otro país lejos de tu mamá, la suegra o la tía, que pagarían por cuidarte y ayudarte con este par.

Esa es la otra realidad del que vive lejos de su tierra: ser autosuficiente en TODO. 

Creo que voy a comenzar desde el momento que decidimos embarazarnos, lo digo en plural, porque mi embarazo fue a través de un tratamiento In Vitro y ameritó inyecciones, muestras etc.

No todo el mundo habla abiertamente de este tratamiento, lo cual respeto. Cuando el doctor me explicó por qué no podía tener bebés de forma natural, se me vino el mundo encima con varios planetas y algunas lunas; no solo era pensar en tener que pasar por un tratamiento “in vitro” del que no conocía nada al respecto, sino que tenía que invertir dinero en ello para ver si por casualidad «pegaba uno» (sin contarles el trauma de que sería hijo único, que no tendría un hermanito para fastidiar, molestar y cuando estuviese grande conectarse con ese pasado feliz que solo mis hermanos entienden), porque al ser un tratamiento tan costoso, ¿Cómo se podrían pagar dos tratamientos en una misma vida?

Hablé con mi papa y entendí que solo hay dos tipos de personas: las que ven el vaso medio lleno y las que se quejan porque «alguien» les dejó el vaso medio vacío… Y es que mi papá y su célebre frase: «¡Mejor hija! Así, capaz y son mellizos y sales de eso», fue suficiente para entender que tampoco era tan grave lo mío (obviando la parte financiera, claro está).

Entonces bajé la guardia y traté de entender para qué Dios quería que yo pasara por ese tratamiento…

Fueron dos los doctores que visitamos: uno en Estados Unidos, que me ofrecía un dos por uno, sí (dos intentos por el precio de uno, a lo americano) y cuyo costo se acercaba a los US$20.000. Entonces, varias personas me recomendaron un mismo doctor en Colombia, quien después de varios mails me ayudó a recuperar la esperanza…

En agosto de 2014, regresamos a Venezuela, cruzamos la frontera San Antonio-Cúcuta cada tantos días para ir en busca de un sueño que costaba menos de la mitad del dinero que me pedían en Estados Unidos, y que tenía como bono un trato maravilloso en tu mismo idioma, con un cantadito que amo y una experiencia diferente, a pesar de las razones por las que estaba allí.

Después de varios exámenes y muestras empezamos el tratamiento, yo colocándome inyecciones en mi barriga, piernas y pompis; y mi esposo alerta ante cualquier cambio hormonal que ameritara abrazos, besos y antojos.

Y la razón, siempre la razón, y creo que eso, y el ser abierta al mundo sobre el proceso por el cual estábamos pasando, ayudó a que todo fluyera.  

El doctor me confirmo que eran dos bebés (considerando que me colocaron tres embriones) ya mi corazón y mi mente los esperaban y creo que el poder que tiene tu mente en convencerte de que lo que pasa es lo mejor, hace que tus mayores miedos se pierdan y aceptes retos en vez de dificultades.

Hoy en día, y después de haberle dado un súper «STOP» a nuestra vida para regresar a Venezuela por cinco meses a hacernos el tratamiento, entiendo que ha sido el mejor tiempo de mi vida en muuuuchos años… No solo lo digo por la parte emotiva de estar con la gente de uno o de que en el primer intento se dio todo, NO… Lo digo porque de haber sabido todo lo que una mujer embarazada era capaz de lograr, creo que habría empezado a buscar bebé desde los 22 años…. (Obviamente hoy, después de varios meses de crianza, aún pienso que pude esperar otro añito más, jajajjaja (mentira)…

Hoy, finalmente entiendo por qué Dios me envió un embarazo ectópico que generó el tratamiento In vitro del que les hablé: para premiarme esos días de angustia y tristeza, con la mejor recompensa jamás pensada: dos niñas sanas y bellas.

Foto: Pixabay.