¿Será que me casé para divorciarme?

En la familia de Anicar Brus (@anicarbrus) siempre ha reinado el espíritu libre y rebelde en las mujeres y el siguiente mantra: nunca se debe depender de ningún hombre. Sin embargo, Anicar llegó a la conclusión de que gracias a ciertos prejuicios que le inculcaron desde pequeña, tomó una serie de decisiones y actitudes durante su matrimonio, que lo hicieron colgar de una cuerda floja hasta llegar al divorcio ¿Quizá estaba exagerando un poco? Lee este artículo y descúbrelo.


La mayoría de las mujeres se casan con la idea maravillosa del “para siempre”, la familia, el perro, los hijos, las plantas y la vejez acompañada; pero por alguna extraña razón yo nací rebelde y creo que, sin proponérmelo ni darme cuenta, me casé para divorciarme.

¡Así como lo lees!

Porque, estemos claras, las mujeres divorciadas para mí se ven poderosas, fuertes, regias y con una estela de superioridad.

La primera vez que empecé a darme cuenta de que mi plan siempre había sido estar sola, fue cuando me dijeron: “Tú no quieres estar casada sino divorciada”.

Mi muy bien desarrollada arrogancia no me permitiría jamás adivinar por mí misma que no era buena en eso del matrimonio. Eso sí, soy buena para todo lo que me proponga, según lo repetía el mantra de mi madre y todas las mujeres de mi familia.

Al escuchar esa frase tan real de los labios de mi marido y con apenas dos años de matrimonio, recordé que una semana antes me había comprado un billete de avión para pasar un fin de semana con una amiga y olvidé por completo comentárselo a mi esposo; pero claro, la experiencia que me dan años de ver telenovelas, me sacaron del embrollo con una simple llamada telefónica y una voz muy sumisa:

– Mi amor, ¿Quieres irte de viaje este finde? Aunque creo que ya tenías planes, encontré boletos a excelente precio.

– No, baby tranquila, ve tú – fue la reacción esperada del ingenuo.

Problema resuelto.

Nunca se enteró de que él no era ni bienvenido ni estaba invitado a mi viaje. Entendí en ese momento, que todavía no estaba muy convencida de tomar decisiones en pareja, porque la independencia es lo mío.

También recordé las interminables discusiones sobre la cuenta de ahorro en el banco: ¿Compartida o dividida?

Yo, defensora a ultranza de la independencia económica y de las cuentas bancarias separadas, – porque ¿Qué pasa si me es infiel y se va?-, no me iba a quedar como una ingenua dividiendo con él el dinero producto de mi esfuerzo. Todos sus ahorros por supuesto que sí, ¡Pero los míos no! Porque si nos divorciamos será su culpa en todo caso, que él asuma las consecuencias.

 

¿De dónde viene todo esto?

Vengo de una generación de mujeres empoderadas. Empezó a gestarse desde que mi bisabuela se cansó de cocinarle a mi bisabuelo y le tiró el plato de comida a la basura al escucharlo quejarse por enésima vez sobre sus aptitudes culinarias.

A pesar del continuo maltrato del que era víctima, mi abuela aguantó, tal y como se esperaba en la época, desde infidelidades hasta maltratos psicológicos por el “bienestar” de la familia. Así, mi familia fue gestando un rencor interno contra el género masculino que desencadenaría en la repetición constante a sus hijas y nietas: “estudia para que ningún hombre te venga a joder”.

Durante los últimos 10 años, me he dado cuenta de que me he estado saboteando a mí misma y deteriorando a mi familia. Era incapaz de entender que no soy ninguna deidad a la que se le debe rendir homenaje por el solo hecho de ser mujer. Desafortunadamente a mí, esto del empoderamiento femenino se me subió a la cabeza y me ha hecho tanto ruido que me tiene confundida y disgustada.

Durante muchos años de matrimonio me sentía abanderada de la lucha igualitaria, a tales niveles que en mi hogar dejé conscientemente de lavar ropa, acomodar la casa, ir al supermercado y planchar (bueno, eso nunca lo hice). Empecé a escoger las tareas domésticas que me gustaban (solo cocinar). Lo demás que lo hiciera mi marido o una chica de servicio, porque a ver, si yo trabajo y aporto dinero, ¡Pues haré lo que me da la gana!

No se me ocurrió pensar que durante un largo periodo de tiempo, estaba desajustando la balanza, -a mi favor, claramente-.

Así que un día me levanté como Forrest Gump cuando decidió dejar de correr y pensé: ¿Para qué corro? ¿Qué clase de lucha es esta?

Con la excusa de la igualdad, convertí mi casa en un campo de batalla, pero la única que sabía que estábamos en guerra era yo. Con inmensa satisfacción planeaba estrategias para ganar pequeñas disputas que estaban solo en mi cabeza.

Él me pidió el divorcio

Y entonces, 15 años después en nuestra cama él me dijo de la nada: “si no me quieres, ¿Por qué estás conmigo? Vamos a empezar los trámites de divorcio”, me quedé en una pieza.

 ¿Él quería divorciarse de mí? Tan lista, tan exitosa, tan empoderada, tan feminista;  y entonces me llegó la luz: ¡Lo logré, para eso trabajé durante tanto tiempo! Y me decepcioné porque lo que sentí no se acercaba para nada a la felicidad.

En ese momento descubrí que cada pequeña acción en mi vida ha ido inconscientemente enfocada a lograr mi desconocido y absurdo objetivo: mi divorcio.

Yo estaba convencida de que lo merecía todo sin hacer ningún esfuerzo, sin ganas de compartir, tomar acciones conjuntas o hacer pequeñas renuncias.


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No me daba cuenta de que yo también tenía un papel importante en la evolución de mi matrimonio. Cada vez que pedía cariño, también debía dar cariño y no lo hacía; si quería que él hiciera todo en casa, quizá yo podía contemplar también repartirnos las tareas, pero no lo hice; si él creía en el “para siempre”, igual yo también debía unirme a ese objetivo y hacerlo común, pero no lo hice.

Empecé a darme cuenta de que la lucha constante de poder no me trajo felicidad, sino desgaste. Realmente disfrutaba cocinar, hacer manualidades con mis hijos y quedarme en casa a jugar con ellos.

Comencé a plantearme la aberrante idea de querer dedicarle el mismo tiempo a las cosas simples. Es más, me cansé de luchar por los derechos exclusivamente de las mujeres y me apeteció luchar por los derechos de los seres humanos.

Me di cuenta de que poner ropa en la lavadora, no tira a la basura la supremacía femenina, que tratar a mi esposo con cariño no me hace mas débil, que una relación se construye entre dos personas, pero que un divorcio se puede lograr con la inacción de uno de ellos.

Ya no me interesa competir por quién es mas inteligente y no estoy ofendida si tengo un rol asignado en mi hogar, si soy mejor con los dibujos y él con el fútbol, ¡Que así sea! No me importa.

No me da miedo decir en público que la verdad es que me atrae la idea de ser ama de casa y no por eso soy una mujer sin visión, me cansé de pelear y dividir, y por eso hoy abogo por la igualdad, la verdadera, la que no depende el género.

Por eso empiezo a planear mi matrimonio hasta que la muerte nos separe.

Foto por Sandy Millar en Unsplash