«Vivir en el pecado»

A veces tengo la impresión de que al nacer, la vida de una mujer ya se encuentra signada por un guión a seguir: crecer, estudiar, creer que eres princesa por muchos años, casarse como Dios manda, tener hijos y conformar una familia con mascota incluida.

Lo cierto es que en la actualidad cada vez somos más las mujeres que «versionamos» esta historia y la adaptamos a nuestro propio estilo, guardando en el baúl de los recuerdos las barbies, los príncipes en caballos blancos, las tradiciones familiares y lo que estipula la sociedad.

En mi caso, por ejemplo, he tenido que sortear cualquier cantidad de comentarios y hasta conjeturas por mi estado civil: un novio desde los 28 años -tengo 36 en este momento- con el que he decidido vivir desde hace un par de años sin anillo de compromiso, vestido blanco ni pastel de bodas.

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Con la mano en el corazón debo admitir que nunca he sentido la emoción de usar velo y corona, hacer un «primer baile» y lanzar el ramo de flores a un grupo de solteras -esto quizás obedece a otro guión- pero respeto profundamente a quienes desde niñas lo han soñado y trabajado para conquistar ese día.

La diferencia radica en dónde queda el respeto hacia quienes no seguimos la tradición del matrimonio. ¿Somos mujeres con problemas? ¿Esta pareja no es igual de estable a las otras que lo han hecho ante la ley y los ojos de Dios? ¿No tenemos el aval para traer hijos al mundo?

«Y ustedes ¿Cuándo piensan casarse? ¿Es que acaso no están seguros? ¡Yo les hago la fiesta! ¡Bueno por ahora está bien que vivan así pero si deciden tener hijos TIENEN que casarse!».

Estas suelen ser algunas de las expresiones recurrentes que escuchamos en los encuentros familiares o sociales, una preocupación incansable al ser una «pareja de hecho», como dicen los españoles o por no saber cómo presentarnos ante otras personas: esposos, novios o compañeros.

Confieso que no dejo de asombrarme sobre cómo muchas personas, al conocer mi estado civil, concluyen que es él quien no desea casarse. «¿En serio no se han casado todavía? ¿Después de tanto tiempo juntos? ¡Oye, ese novio tuyo si está duro para dar el paso! Quédate tranquila, yo hablaré con él para convencerlo y se case contigo».

Nunca entenderé por qué las personas asumen un juego de roles en una pareja que ha decidido establecerse con un compromiso interno: la mujer desea casarse ¡pobrecita! pero es él quien no quiere dar ese paso. Nada más alejado de la realidad. Esto suele ser un pacto entre dos para que funcione.

La otra situación a la que me enfrento constantemente es a la religiosa y a la institución de la iglesia. No detallaré la acción social que realizo los 365 días del año, ni mis rezos con Dios a solas; pero al parecer, para algunas personas, vivo en el pecado al «saltar» el sacramento del matrimonio, razón por la cual estoy vetada de comulgar y me incluye en el mismo grupo de las divorciadas -valga acotar que no tengo nada en contra de ningún estado civil-.

Es aquí cuando omito una de mis reglas y quiero hacer una explicación de mi vida: cada pareja tiene una dinámica que le funciona. En mi caso adquirí un compromiso interno y privado con mi compañero, sin anillo en el dedo ni fotos en Facebook, pero con el mayor de los respetos hacia una relación dirigida por dos personas.

No somos ni mejores o peores amantes que otros, tampoco un mal ejemplo por lo que hacemos, solo somos un hombre y una mujer que viven en un mundo propio, sin dañar a nadie, creyendo en Dios y compartiendo un amor leal sin las escrituras que todos conocen o siguen, solo las que hemos querido albergar -él y yo- en nuestros corazones.

No reniego del matrimonio, ni tampoco digo que nunca me casaré de la forma tradicional, solo digo que por los momentos seguiré viviendo en el pecado.

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Fotos: Pixabay.