De cómo toqué fondo y lo conocí a él

De cómo toqué fondo y comencé a salir de él

Esta es la historia de Ysabel Velásquez (@ysabelvel), una mujer con que se hundió en una profunda tristeza que parecía no tener salida… pero la tuvo. ¡Lee y descubre lo que pasó!


Han pasado siete meses desde que comenzó el confinamiento y hoy, buscando una canción para dedicar a un hombre que ha revolucionado positivamente mis días, recordé que este año ha sido muy parecido a la famosa novela de Elizabeth Gilbert “Comer, rezar y amar”, pero entre cuatro paredes.

Un año antes, justo hoy, estaba haciéndome oficialmente budista en una ceremonia muy bonita, en medio de una crisis existencial difícil y profunda.

Sin trabajo, soltera desde hace años y con una recién finalizada maestría en sexología -tema que me apasiona, pero que ante los ojos de los hombres básicos, te convierte en una especie de prostituta con título – se me desató un síndrome de impostora con ansiedad e insomnio incluidos.

Así como la protagonista, yo también me senté en el suelo del baño a llorar sin saber qué hacer, abrazándome a mí misma en una metáfora del frío fondo emocional que estaba tocando.

Igual que ella, también traté de fingir delante de mi familia que todo estaba bien, escondiéndome para llorar y buscando un ancla para elevarme de ese abismo que parecía tragarme.

 

¿Cómo es tocar fondo?

Mi amor propio se desmoronaba y no podía evitar sentirme destruida. En mi memoria, los recuerdos de un episodio de bullying que viví en mi adolescencia y me llevaron a terapia por primera vez, se mezclaban con un sentimiento de indefensión que me atenazaba y me hacía extrañarme a mí misma a partes iguales.

Yo había prometido no volver a caer en esa espiral descendente, y juraba que era algo mil veces superado; pero no, ese recuerdo se volvía a manifestar una y otra vez, mezclado con el de un matrimonio que terminó en divorcio.  Una desesperanza me arropaba como una manta pesada y nublaba mi vista a todo lo bonito que tenía a mi alrededor.

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Recordaba una y otra vez las palabras de un hombre que me dijo que yo lo intimidaba y me preguntó si no había pensado que conseguir pareja iba a ser una empresa titánica. Yo, haciendo de tripas corazón para responderle que era solo su opinión y que no me interesaba alguien que no pudiera valorarme como soy, igual me dejaba ganar por la duda. Pensaba que de nada servían ni mis títulos, ni mi personalidad, ni como lucía; me sentía totalmente inútil, quería fundirme en la pared y desaparecer.

El amor de pareja que merecía era completo, real y total, no a medias como te lo ofrecen los hombres casados. No un momento de placer sin compromisos, era el amor que acompaña, que permite ser sin máscaras, eso lo tenía presente con una claridad meridiana. En medio del dolor, era mi única certeza y así la solté al universo, así me desprendí de ella como un globo de helio.



 

La duda, siempre la duda

Recibí el Gohonzon – objeto de devoción para meditar y orar – el 27 de octubre de 2019 después de una noche de oscuridad, taquicardia y sudor frío. Para los budistas el infierno es un estado de la mente y allí estaba yo.

Mientras todos celebraban, yo no podía parar de cuestionarme si hacía lo correcto o renunciaba al Dios de mis padres en un intento por sentirme mejor, y convertía a la nueva religión en un placebo.

Ese mismo día, otra compañera también recibió el Gohonzon. Hace poco menos de un mes falleció en circunstancias trágicas, atropellada por un carro estacionado sin frenos, que se deslizó rápidamente por una calle en bajada. Le quito la vida al dejarla atrapada entre el vehículo y un árbol.

Esa es la impermanencia de la vida, ese es el misterio del Karma que no estamos en la capacidad de entender: “Nadie controla nada, todos estamos expuestos a las inevitables olas de la transformación”, como dice Liz frente al Agusteum romano.

Dicen que cuando pasamos por una crisis que toca los cimientos de la fe se trata de algo bastante profundo. El cuestionamiento ha llegado a la raíz del ser, ha horadado las creencias más fundamentales. Ese era mi caso, sin fe, sin rumbo, hecha un manojo de nervios, tratando de no llorar y de no salir corriendo.

La felicidad es la promesa de la práctica budista, esa clase de felicidad personalísima, absoluta e inamovible a los embates del destino. Esa era una noción en la que había creído desde siempre y que en ese momento necesitaba experimentar con ferviente necesidad.

Yo quería crear esa felicidad que trasciende la alegría y la emocionalidad, la felicidad de la cual somos responsables y que contagia a los demás; sin embargo, en ese momento era incapaz de sentir algo que no fuera culpa por un malestar que no se iba. También incapaz de descubrir la ruta para encontrarla dentro de mí, más allá de declarar con un deseo acuciante que necesitaba ser feliz.

Me rendí, acepté que eso era lo que mi alma me señalaba;  callé a mi mente como pude y comencé a meditar cada día, entre lágrimas y sonrisas mientras las noches sin dormir continuaban.

El 31 de diciembre también lo pasé en vela, después de intentar celebrar con mi familia. El primero de enero me caí en un pasillo, al pasar por alto un diminuto escalón con unos altísimos tacones rojos que usé para hacer una visita, en otro intento por sentirme mejor.

Aun así lo único que lograba sentir era una pesada tristezauna enorme tristeza con decenas de motivos pero ninguno tan contundente que la justificara;  y una molesta angustia, una roñosa angustia, un miedo flotante.

Comenzó el año con trabajo freelance y eso me mantenía ocupada, no era lo suficiente para detener una mente rumiante pero algo lograba. Después empezó la pandemia y el confinamiento, y el miedo se agudizó, pero mi determinación en enfocarme en el trabajo fue más fuerte.

Hubo semanas tranquilas, otras la ansiedad reaparecía y me sentía derrotada, frustrada, impotente e insuficiente.

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El gran salto

Decidí donar 25 consultas online de orientación sexológica y coaching, porque ayudando a otros me sentía útil, mientras ganaba confianza como psicoterapeuta. En esos momentos el amor propio comenzó a emerger, como un colcha más liviana y cálida que me hacía recordar que me tenía a mí misma.

Y mis oraciones fueron escuchadas. Llegó el trabajo que necesitaba, haciendo una de las cosas que más amo: escribir y con un ingreso fijo mensual en divisas, que estando en Venezuela es una bendición, al mismo tiempo comenzaron a aparecer más asesorados.

Lo económico comenzaba a hacerse estable y podía pagar los gastos de mi casa, y garantizar que mi mamá también estuviera bien.

El “dolce far niente”, ese arte italiano de no hacer nada, al que hace referencia el libro, es de esas cosas que me cuestan un montón, pero en medio del caos tuve que hacer del placer de las pequeñas cosas una práctica cotidiana.

La comida estuvo ahí como una fuente de confort. Había días en los que una sopa, unas papas fritas con huevo revuelto o un pedacito de chocolate oscuro, me daban ese aliciente para continuar; en otros, la gastritis me atacaba y no podía tomar bocado.

Poco a poco comencé a descubrir de nuevo que los sabores y las texturas que me llevaba a la boca también eran motivo de alegría. Mi peso no varió tanto, y la intención de hacer ejercicio apareció también como un gesto de autocuidado.

Comencé a elegir mis pensamientos como a la ropa, a cultivar ese jardín interior y a soltra y  mandar luz a cualquier recuerdo  incómodo. Pero sobre todo, a perdonarme por ser tan implacablemente perfeccionista.

Me reconecté con el equilibrio dinámico paso a paso, con el pulso del universo, sin miedo a perderlo al recordar que es mi estado natural y que cualquier desajuste es parte del mismo proceso. No tenía  miedo a perderme al ubicar de nuevo el poder en mí, no en lo externo.

 

Y cuando menos te lo esperas, llega

Sin pensarlo, sin buscarlo, el amor que anhelaba llegó también, cerca, en la misma ciudad.

Hicimos click primero en lo laboral. Comenzamos con una alianza que se convirtió en amistad, para dar paso a encontrar nuestras miradas en una videollamada que ahora celebramos como el día de la confesión.

Esa asignatura pendiente pasó a convertirse en una historia que hoy escribimos cuatro manos, que disfrutamos un día a la vez. Hemos construido un espacio que ambos atesoramos y que, con los retos de la pandemia, estamos desarrollado con madurez y paciencia.

Cuando comencé a hacer las oraciones budistas pedí paz mental y equilibrio; esos dos dones me fueron concedidos, junto con el coraje, el amor compasivo y la sabiduría.

Hoy tengo un corazón agradecido y sereno, muy agradecido con todo este recorrido, especialmente con los días más difíciles.

“La única forma de sanar es confiar”, son las palabras de Ketut, el curandero balinés del libro. Pues confío en mí, en la divinidad que mora en mí como yo soy, y cada día siento mi espíritu más fuerte; tanto así que me atreví a ser vulnerable relatando esta historia.

Volví a mí y encontré la mano de él para acompañarme en un camino que recién comienza. Un capítulo nuevo y diferente de mi vida que ambos esperamos pueda convertirse en un libro completo.

No hace falta viajar a Italia, India y Bali para transitar un viaje de transformación personal y espiritual, para encontrar la luz que habita en cada uno de nosotros.


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Foto por Joseph Chan en Unsplash