El día que descubrí que mis padres habían envejecido

Un día me fui de casa y al regresar me di cuenta que ya no eran los mismos.

Sus rostros habían cambiado al igual que sus gestos. Comenzaron a aparecer nuevas mañas, quejas y hasta formas de ver la vida. Llegaron ¨los tratamientos médicos de por vida¨ o las operaciones necesarias.

Era un hecho: mis padres habían envejecido.

Quizás la realidad resulta más abrumadora cuando haces eso de ¨dejar el nido¨ y los visitas en tus ratos libres. Cuando ya no compartes el café de cada mañana con ellos o el programa de concursos que solían ver todas las tardes por Televisión Española.

Sentí ansiedad, creo, o algún otro sentimiento que no logro aún ponerle nombre. Quizás a ellos -los padres- les pasa lo mismo con nosotros -los hijos-. Un día despiertan y se preguntan ¿en qué momento creció mi bebé?.

Comienzan entonces a desaparecer -sí desaparecer- los cuestionamientos, reproches y molestias que hayas podido tener con ellos a lo largo de los años. De nada sirve vivir en el pasado cuando te das cuenta de que tus padres comenzarán a transitar por un camino llamado vejez.

Entiendes entonces que los padres son humanos, de carne y hueso. Que a veces ríen y otras lloran. Que pueden amar y también odiar. Que pueden ser compasivos o irritables. Chistosos o amargados. Vitales o enfermos. Activos o a la espera que les llegue el turno para dejar este plano físico.

Como hijos solemos ser implacables con los padres. Creemos que no pueden equivocarse, perder la paciencia o aislarse del mundo, así como muchas veces nosotros mismos podemos hacer o sentir en algún momento determinado.

Decir que la vejez es buena o mala, triste o feliz depende de cómo la quiera vivir cada quien, como ocurre con la vida misma.

Lo que sí debemos es comprender, soltar el pasado y aceptar el presente. Atesorar cada momento -cerca o lejos- con ellos. Flexibilizar un poco los ¨no puedes comer chocolate¨ a ¨vamos a compartir este helado y con ese cumples la cuota de dulce de esta semana¨.

Toca muchas veces jugar el rol de ser padre en lugar de hijo: darles confianza cuando ni siquiera tú la sientes; decirles que todo estará bien aún en medio del peor diagnóstico médico y tu corazón esté hecho pedazos; escucharles sus mayores angustias como ¨estoy perdiendo la memoria¨ y tomarles de la mano para recordarles -a pesar  de que lo olvidarán- que nada malo les va a ocurrir.

Se debe aprender a vivir bajo ese esquema de un día a la vez y de aceptación total. Comprender que la vida es un y venir de cambios constantes.  Que la vejez es una etapa más de la existencia humana, en la que debe imperar la empatía para poder entender mejor el por qué los padres ahora caminan más lento, se cansan al subir las escaleras o se quedan dormidos viendo la televisión.