El arte de la humildad en mi rol de mamá

La verdad es que nunca había pensado seriamente en ser mamá.

Hasta ahora mis días un poco aventureros de estar aquí y allá, sin planes muy definidos, me permitían un trabajo en el que viajaba con bastante frecuencia.

Tras un enamoramiento feroz, de esos de todosepuede-nadanosdetiene, decidí tener un bebé…. Que se convirtió en “una NIÑA” según pasaron los meses, y finalmente en mi hija, la peque

Desde mi arrogancia intelectual –supongo que no tiene otro nombre- yo ya me las sabía todas.

Feminista, con lecturas sobre el cuerpo, las mujeres, la reproducción histórica de los roles; pero también con acercamientos a eso llamado crianza con apego; las miles de críticas a la familia tradicional, a la educación hegemónica, a los procesos de socialización que oprimen y no dejan brotar las capacidades infantiles. Con círculos de conocidas doulas, estudios sobre el parto, la violencia obstétrica, el empoderamiento de las mujeres y el cuerpo, la lactancia materna por encima de cualquier otra opción.

Sentía que todo me lo sabía, todo estaba bajo control. Sabía más que mis obstetras (varios, porque ninguno me convencía).

Imaginándome los casi seis meses de período de maternidad que tendría había hecho planes –hoy descubro que bastante descabellados- sobre como los pasaría. Tenía en casa una hermosa y moderna silla semi mecedora, en la que me sentaría apaciblemente a amamantar en tardes serenas, tomando algún jugo fresco, sano y sin azúcar, mientras leía “Los Orígenes del Totalitarismo”, de Hanna Arendt. Sí, ese era mi plan. Nunca había tenido el tiempo de leer ese libro completo, y que mejor que aprovechar ese tiempo en casa para disfrutar de un poco de filosofía. También estaban en la cola “Seguridad, Territorio y Población”, de Foucault, y alguna que otra novela policial.

Yo, que estaba decidida a que tendría un parto natural, porque conozco las estadísticas de cesáreas innecesarias en el país, porque se lo dije al doctor, porque mi trabajo de parto fue tranquilo, estaba en casa, escuchando Soda Stéreo y contando contracciones sin ningún tipo de estrés… el primer balde de realidad fue: cesárea de emergencia.

PRIMERA NOCHE CON LA PEQUE: NO PARABA DE LLORAR.

Sólo se mantenía dormida cinco-diez minutos, y se despertaba. No sabía si tenía o no leche. No sabía por qué la bebé lloraba, pero aún tenía todo bajo control.

La noche del alta, la peque tiene fiebre y hay que regresar del vuelta a la clínica, dejándola ingresada unos tres días. Para mí, empezaba a no parecerse a lo que tenía en mi cabeza; empezaba una ANGUSTIA que no conocía bien, que se juntaba con el dolor de tener el vientre abierto en dos y los pechos a punto de estallar, congestionados totalmente.

Tras la segunda alta de la peque, pues bueno, ahora sí a poner en práctica todo… Ah no, ya va… yo seré lactancia materna exclusiva, pero ahora tengo a mi mamá y a mi hermana comprando fórmula por si acaso, hirviendo teteros, y diciéndome que seguramente esa bebé tiene hambre. Que no la lleno, que no soy suficiente.

Pero la lactancia, aunque tampoco fue lo que pensaba, no fue el centro de mis desconciertos.

Mis angustias se juntaban todas, como espectros malévolos que se sientan a tomar té, a eso de las cinco-seis de la tarde, la hora de la “chángana” de la peque, como decía su papá. Ella, a esa hora, empezaba a tener sueño y no lograba dormirse, nosotros la caminábamos por nuestro pequeño departamento, bajábamos al parque, volvíamos y ella se adormecía y volvía a llorar. Así, como hasta las ocho de la noche, cuando se quedaba rendida… y empezaba la nueva faena. Yo miraba el reloj: ocho de la noche… me bañaba, comía, y sabía que a las diez se despertaría a comer, y a las doce, y a las dos, y a las cuatro y a las seis.

Las primeras semanas, yo no sabía muy bien qué era el día y la noche. Mi imagen idílica de estar sentada como una diosa fecunda y radiante se iba desmoronando. Me sentía más bien como una aspirante a algún ejército de alto nivel que estaba en entrenamiento: privación de sueño y alimento, estrés, falta de baño, estado de alerta permanente, estrés y mas estrés… etc., etc.

El concepto de soledad, aunque estés acompañada, se redefine en el cambio de pañal de las dos de la mañana, cuando sientes que no podrás más, que tu espalda se resquebrajará para siempre. Y piensas que el día siguiente será lo mismo, y el siguiente, y el siguiente. El primer mes, no me sentía feliz.

Y LO PEOR, ME SENTÍA CULPABLE POR NO SENTIRME FELIZ

Me costaba relacionarme con mi hija. No sabía cómo. El día y la noche eran una lista interminable de tareas que se mezclaban con: no la acuestes boca abajo por la muerte súbita (sí, el terror constante de la muerte súbita), quizá si comes tal o cual cosa se lo pasas a la leche y le cae mal (“¿le habrá caído mal eso que comí?”), las opiniones gratuitas de si la cargas mucho, ponla en el coche, llora porque la mal acostumbras, la malocostumbrarás a esto, a lo otro.

Al mes de vida no sólo sentía que era insuficiente mamá, sino la peor. Agotada, triste, sintiéndome sola, y sin saber qué hacer cuando mi bebé lloraba, más que llorar.

Era una gran escena, la peque lloraba y yo lloraba. Me parecía que llegar a los tres meses sería una hazaña.

Quería recordar para siempre vívidamente esos momentos para que jamás se me volviera a ocurrir tener hijos.

Pensaba en cómo la humanidad había llegado hasta este punto si cuidar a un bebé era tan difícil. Miraba con nuevos ojos a todas las mamás del mundo… Como unas heroínas que guardaban los más preciados y ocultos secretos sobre la supervivencia en el día a día. ¿Cómo lo lograban?.

Tuve que aprender que ese sentir abrumado además no lo resolvería con una sesión con mi psicoanalista, ni con una ida a la peluquería, ni con llorar una tarde en el baño, ni con hablar con mi pareja, ni con hablar con otras mamás… sino con todas las anteriores y en un proceso además de diálogo conmigo misma.

Un proceso doloroso y complejo que se llama crecer. Con la exigencia de que tienes a un bebé en tus brazos acompañando ese crecimiento.

A ser mamá se aprende en la práctica. Qué frase tan obvia y tan manida, que sólo he podido entender durante estos meses. El amor con tu hija-o es una relación, que se construye con buenos momentos, y momentos difíciles. Empezar a reconocerme en el caos, a trabajar mis miedos, mis soledades, pero también a reconectar con mi capacidad de dar amor, y de cuidar con amor.

Hablar con otras mujeres mamás que no se caigan a cuentos y puedan relatar sus propias historias de cómo han aprendido a ser mamás.

Ahora, casi un año después, he ido aprendiendo, con humildad y con la paciencia infinita que me tiene la peque. Las dos nos tenemos paciencia, y nos acompañamos con amor. Hay días límites, como en plena crisis de sus ocho meses, su primer gran berrinche porque quería un juguete. Se privó casi un minuto, se puso morada… y yo fuera de control… creo que lloré más que ella, de miedo.

Reconocer que me da miedo lo que no conozco y que eso es parte de la maternidad. Aprender. Y cuando crees que ya aprendiste, ya estás en otra etapa y toca aprender de nuevo.

Ahora disfrutamos del baño, de la tetica; jugamos a darnos besos, ella me muerde la nariz, yo le doy masajes. Hay días y tardes apacibles y totalmente encantadoras. Pienso en este año con nostalgia, con ternura… asombrada de que ya pasó. De su carita que parece cada vez menos de bebé y más de niña. Sé que nunca habremos estado tan cerca como este año que ha pasado. Sé que lo extrañaré más de una vez.

Por supuesto, “Los orígenes del totalitarismo”, sigue sin abrirse.

Foto: Pixabay