El lenguaje inclusivo: Lo que no se nombra, no existe.

lenguaje inclusivo

¿No terminas de entender el lenguaje inclusivo? ¿Eres de las que piensan que es una ridículez? ¿No sabes de dónde nace la necesidad de utilizarlo? En este artículo, Patricia (@patrirosasgodoy) nos habla sobre esto, y nos recuerda algo: aquello que no nombramos no existe, y si no nombramos lo femenino al hablar, ¿Qué estamos haciendo? Léelo aquí


“Las discriminaciones lingüísticas no son más que el reflejo de  las  desigualdades sociales” – J. Busquets.

Reconozco que le he estado dando largas a escribir este artículo. El lenguaje inclusivo es un tema que despierta pasiones e, incluso, en las personas que se consideran con la “mente abierta”, hace un corto circuito digno de estudio.

Definitivamente, ser feminista es estar en constante viaje pendular entre desaprender y volver a aprender sobre casi todo, y el uso del lenguaje no ha sido la excepción.

Yo siempre he sido una apasionada de las letras. Estudié Humanidades, Periodismo y he hecho cuanto curso de escritura me pasa por delante. Además, considero que leer es uno de mis superpoderes.

Justamente por eso me negaba por completo a aceptar el uso del lenguaje inclusivo, consideraba que era una aberración en contra de mi adorado y respetado idioma.

También creía que intentar comunicarnos de otra manera era una tontería del tamaño de una catedral, en comparación de todos los espacios que debe conquistar el feminismo en general.

Nada más lejos de la realidad y hoy quiero contarles por qué…

Cuando estaba en el colegio, tenía una profesora maravillosísima de Lengua y Literatura llamada María Elena Vas. Ella nos repetía hasta el cansancio que la palabra da vida y, por ende, lo que no se menciona, no existe.

Aunque la frase se me quedó grabada a fuego, no fui capaz de extrapolarla a la desigualdad entre hombres y mujeres hasta hace un par de años, viendo el documental Qué coño está pasando en Netflix, la autora y activista española Iria Marañón (con quien tuvimos el placer de hablar en nuestro pódcast), dijo textualmente: “El lenguaje inclusivo es importante, porque lo que no se nombra no existe”

Y ese fue mi momento eureka, mi epifanía. Mi cabeza dio un vuelco y fui capaz de entender que el lenguaje es la base en la que se construye todo lo demás, incluyendo (y empezando) por un mundo justo. 

Este artículo no pretende ser una tesis doctoral sobre el lenguaje no sexista. No soy ninguna experta en el tema, pero me gustaría explicar y justificar mi postura al respecto.

Espero poder ayudar a las personas que no entienden muy bien de qué va todo esto, pero quiere hacerlo y, ojalá, también pueda brindar otra perspectiva a las personas que se niegan rotundamente a aceptar la posibilidad de comunicarse de otra manera.

Vamos al lío.


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Según explica la periodista y docente argentina Norma Loto: “el lenguaje inclusivo tiene como objetivo nombrar para dar visibilidad a las diversas existencias que tiene la humanidad; por ejemplo, las personas con discapacidad, pueblos originarios, mujeres y disidencias.”

Es decir, en principio, en el saco del lenguaje inclusivo cabemos mujeres, hombres, personas no binarias, personas con discapacidad, grupos étnicos y, básicamente, todo el mundo.

Ahora bien, el objeto de este artículo será hablar específicamente sobre el lenguaje inclusivo con perspectiva de género o lenguaje inclusivo no sexista que, según también explica la Organización de Naciones Unidas (ONU):

“Se entiende la manera de expresarse oralmente y por escrito sin discriminar a un sexo, género social o identidad de género en particular y sin perpetuar estereotipos de género (…) Emplear un lenguaje inclusivo en cuanto al género es una forma sumamente importante de promover la igualdad de género y combatir los prejuicios de género”.

Suena lógico y justo, ¿no?

En el libro Ni por favor, ni por favora (La Catarata, 2019) de la autora española María Martín, me topo con esta frase que, me parece, deja zanjado el capítulo de las definiciones:

“El lenguaje inclusivo no es poner todo en femenino, ni cambiar cada o por una a. Tampoco es duplicar continuamente hasta hacer incomprensible lo que se quiere expresar. El lenguaje inclusivo aspira a plasmar la realidad -realidad que se compone de hombres y mujeres- y ayuda a tomar conciencia de que no nombrar a la mitad de la sociedad perpetúa discriminaciones”.

El masculino genérico: ¿por qué decimos “hombre” cuando queremos decir “persona”?

Según la Real Academia Española (RAE), es decir, la máxima autoridad del lenguaje:

“Los sustantivos masculinos no solo se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, sino también, en los contextos apropiados, para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie sin distinción de sexos”.

Es decir, cuando hay un grupo de mujeres, nos referimos a ellas en femenino; cuando hay un grupo de hombres, nos referimos a ellos en masculino y cuando hay un grupo de mujeres y hombres, así el de mujeres sea mayor… también hablamos en masculino.

En una anécdota que reseña la Fundación del Español Urgente (FUNDEU), hace un tiempo, en España los medios se hacían eco de las palabras del entrenador de la selección femenina de baloncesto.

Cuando decía: “jugamos contentas, jugamos tranquilas”, causaba asombro en los medios porque, claro que un hombre se incluya en un femenino genérico, no se ve todos los días.

Cuando le preguntaban por qué hacía eso, el entrenador respondía con una lógica que para él era aplastante: «¡Pero si son todas mujeres y el único hombre soy yo, que ni siquiera juego!».

¿Pero por qué? ¿Cuál es el sentido de todo de esto?

Bueno, hay un dato que creo que es muy importante resaltar:

Entre los casi 500 integrantes que ha tenido la RAE desde su fundación en 1713, solo 11 han sido mujeres. Sí, 11 de 500. 

No diré mucho más. Saca tus propias conclusiones.


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¿Y entonces cómo se supone que debemos hablar y escribir?

Esa es una gran pregunta, a la que yo respondería: como te sientas más cómoda. 

Debo decir que en este aspecto mi resistencia al cambio se activa a niveles insospechados y, aunque intento siempre hacer el esfuerzo de hablar en lenguaje inclusivo, no siempre lo consigo.

Son demasiados años comunicándome de la otra manera y tengo que seguir entrenando mi cerebro hasta que me acostumbre.

Por ejemplo, yo no me siento cómoda usando la letra “e” como alternativa de la “a” o la “o”. Es decir, no me acostumbro a escribir “todes” o “amigues”. Sin embargo, entiendo perfectamente que viene de usar una vocal que no se haya identificado antes con el masculino o femenino.

Algunas veces uso la @ o la X como alternativa para la escritura, y generalmente intento buscar otros recursos inclusivos cuando hablo.

Agotador, sí, pero necesario también.

Como no hay un lineamiento sellado y aprobado, voy experimentando de todas las maneras posibles y espero algún día lograr sentirme bien y cómoda de alguna manera.

Lo que sí es cierto es que el lenguaje está vivo y en constante evolución, así que mantengo las esperanzas de que en algún momento la inclusividad esté instaurada.

Aquí voy a citar a María Martín nuevamente: “Porque no se trata de tener razón, sino de incorporar el uso para que pueda cristalizar en la norma. Para que tenga que ser recogido en el diccionario”

En la misma línea, la FUNDEU afirma que: “cuando estos usos se generalicen, cuando la mayoría de los hablantes en su día a día, con naturalidad, entiendan que el femenino es más adecuado que el masculino en algunas situaciones y lo empleen así, estaremos ante un fenómeno mayoritario (…) Y entonces la gramática académica, notaria de la lengua, previsiblemente registrará que el masculino ya no es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto”.

¡Amén, Fundeu! ¡Qué así sea!

En conclusión

El otro día se armó una gran discusión en un foro de mujeres, porque una maestra mandó una circular escrita con lenguaje no sexista y decenas de madres pedían su cabeza, ofendidísimas porque se estaba “deformando el lenguaje”. Yo veía los mensajes y solo podía pensar:

“Vamos a ver, señora, si tanto le incomoda el lenguaje inclusivo porque “deforma el lenguaje”, ¿qué cree usted que está haciendo cuando no abre los signos de interrogación en sus conversaciones de WhatsApp?, ¿y cuando no sabe distinguir entre hay/ahí/ay o dice cosas como “fuistes” “vinistes” “hicistes”?, ¿qué está haciendo cuando no acentúa las palabras y no usa ni signos de puntuación, ni mayúsculas?”

Pues, te dejo esa pregunta de tarea.

Sé que hay muchísimos catedráticos, expertos y escritores que tendrán miles de razones válidas para rebatir todo lo que yo he dicho, como por ejemplo lo hacen públicamente Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías y un largo etcétera.

Pero lo que es irrebatible es que, hoy por hoy, miles de mujeres en el mundo nos sentimos invisibilizadas y excluidas en el uso del lenguaje (entre otras muchas cosas) y no nos vamos a quedar tranquilas hasta que eso cambie.

Para cerrar, no te pido que seas militante del tema, ni siquiera que lo entiendas o practiques, pero, por favor, no juzgues, critiques o insultes a quien decide diferente a ti. En el uso del lenguaje inclusivo y en la vida.

Photo by Brett Jordan on Unsplash


En este episodio del pódcast de Asuntos de Mujeres, hablamos de micromachismos, o esas acciones que en nuestro día a día y casi sin darnos cuentan perpetuan la cultura machista.

Y lo hicimos de la mano de Jessica Fernández, activista e influencer mexicana, advocada a los derechos de la mujer.

¿Ya lo viste? ¡Está buenísimo!