Hola, soy Lola y soy puta

soy puta

¿Has sentido que alguien más se apodera de tu cuerpo? Lola sí, y esta es su historia. Lee este relato de ficción de Valentina Rosas-Godoy (@titirosasgodoy) que seleccionamos de nuestro curso de escritura (Si quieres escribir textos como este, sigue leyendo).


Hola, soy Lola y soy puta.

Desde que me violaron a los 10 años empecé a sentir que otra persona se había metido en mi cuerpo y en momentos se apoderaba de mi inocencia.

Cuando ella entraba en mí, me ponía a jugar a que las muñecas tenían sexo con los peluches. Recuerdo que sentía una especie de cosquilleo en mi vagina, que me hacía respirar corto y me mojaba como si me hubiese hecho encima.

Subía a mi cama y me sentaba en una esquina para balancearme y sentir el roce con mi clítoris, lo que me producía una sensación de éxtasis que, yo, siendo una pequeña niña inocente, no sabía explicar.

Para mí era un juego, un juego secreto.

El día que cumplí 14 años, mi mamá me hizo una fiesta en casa con algunos familiares y amigos.

Me puse un vestido de flores corto que me hacía mostrar mis piernas largas; además, tenía un escote en la zona de los pechos, que, por cierto, estaban particularmente grandes ese día y me hacían ver un poco más mayor.

Esa noche me sentía algo rara, como si tuviese fiebre, sudaba a chorros entre mis tetas y expulsaba de mi cuerpo un olor fuerte, parecía una perra en celo.

Esa sensación me gustaba, me ponía, me excitaba.

Recuerdo que para sentirme más guarra, más puta, me senté enfrente de un amigo de mi padre y me le quedé viendo fijamente a los ojos, mientras sacaba mi lengua para lamer un helado con forma cilíndrica que hacía las veces de un pene erecto.

Él me sostenía la miraba, me sonreía como quien le sonríe a una niña, pero yo sabía que lo hacía tratando de disimular que le encantaba y que estaba igual de excitado que yo.

Sentí ganas de hacer pis, me levanté de la mesa para ir al baño y mientras caminaba me notaba algo mojada, pensaba que era lo que me producía ver a Vicente, el amigo de mi padre.


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Cuando por fin llegué al baño y me senté en la poceta, me bajé los pantis y estaba manchada de sangre, como si las cataratas del Niágara se hubiesen trasladado a mi vagina.

Me quedé en shock, me había venido la regla por primera vez, me tiré al suelo y empecé a llorar, lloré como si algo en mí hubiese muerto, creo que lloré mi inocencia o al menos lo que quedaba de ella.

Algo cambió

A partir de ese momento, pasé los siguientes tres años de mi vida cogiéndome al que se me pasara por enfrente: a mis compañeros del colegio, a un primo lejano, a los novios de mis amigas, al esposo de una prima, a desconocidos en encuentros fortuitos y, sí, también me cogí a Vicente, el amigo de mi padre.

Me lo follé en mi casa, en la suya, en su carro, hasta en un baño de un avión donde nuestras familias viajaban juntas para pasar unas vacaciones.

Pasó el tiempo, y yo ya no era la niña de siempre, había cumplido 18 años y quería salir corriendo de mi casa para encontrar aventuras y fantasías nuevas.

Sentía que por fin había llegado el momento de ser libre, no tendría que pedirle permiso a mis padres para hacer lo que me diera la gana, de hecho, había planificado estudiar en otro país para no tenerle que ver más nunca la cara a los pendejos del colegio, a las mojigatas de mis amigas o los tipos que me había cogido.  

Me fui a París y al poco tiempo de llegar, empecé a notar un profundo desánimo que me invadía el cuerpo, recuerdo que prefería pasarme todo el día en mi cama que salir a conocer amigos nuevos.

No paraba de llorar, lo hacía a todas horas y sin importar dónde o con quién estaba.

Empecé a sufrir de ataques de pánico horribles que, muchas veces, me hacían pensar que me estaba dando un ACV que me mataría en el momento.  

Había bajado tanto de peso, que parecía a una espiga mustia y sin gracia. No me gustaba, de hecho, me odiaba. Cuando pasaba por un espejo, cerraba los ojos para no tenerme que ver reflejada.

No entendía lo que me estaba pasando, nada me gustaba, nada me llenaba. Me sentía como una mierda y necesitaba salir de ese hueco profundo donde no me conocía, donde no me hallaba. ¡No era yo! ¡Ya no estaba Lola!

Un día me levanté con un poco más de fuerza y me obligué a ir a la universidad. 

Caminando por un pasillo para ir al salón, me le quedé viendo a un chico y le hice una seña para que nos encontráramos en el baño.

Nos empezamos a besar y a tocar apasionadamente, me agarró por el pelo y comenzó a penetrarme con mucha fuerza.

Por un segundo creía que lo estaba disfrutando, pero, de un momento a otro, me derrumbé y comencé a llorar desconsoladamente.

Salí corriendo a mi casa y tuve un ataque de pánico muy fuerte.  No entendía como lo que más me hacía sentir poderosa en el mundo, me había dejado gustar y me daba asco.

Por unos días me vinieron a la cabeza las mil maneras de suicidarme, pero fui tan cobarde que ni siquiera lo intenté.

Pasaron algunos meses, en los cuales la depresión no me soltaba ni un momento.

Una compañera de clase, mi única amiga y la persona a quien le había contado lo que me pasaba, me dio la tarjeta de su tío que era psiquiatra. 

Me aseguró que él me podía ayudar.

A la mañana siguiente, llegué al consultorio temblando como un animal herido, toqué la puerta y él mismo me abrió, me invitó a pasar. Nos sentamos en una silla frente a frente y me pidió que le recordara mi nombre y que le contara lo qué me sucedía.

Hola, soy Elisa Adams y creo que tengo doble personalidad.

*Texto seleccionado del segundo Curso de escritura digital de Asuntos de Mujeres

Foto: pawel szvmanski en Unsplash


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