Prolapso: mucho más común de lo que parece

Una buena amiga, que fue madre un año y medio antes que yo, me contó sobre lo difícil que fue para ella recuperarse del parto, ya que aumentó unos 30 kilos -¡sí, 30!- y comenzó a tener pérdidas de orina que sólo fueron a peor, por lo que tuvo que hacer algo que se llama rehabilitación del suelo pélvico.

Cuando salí embarazada no me privé de nada; a cambio, trataba de salir a caminar a diario para no ganar tanto peso. Y con el fin de evitar, o al menos minimizar, la posibilidad de sufrir un prolapso, realicé religiosamente los ejercicios de Kegel, especialmente durante los últimos cuatro meses de gestación.

Estaba completamente segura de que mi buena forma física impediría que el parto destrozara mi suelo pélvico, pero ¡nada más lejos de la realidad!

Después de dar a luz tuve algunas sensaciones de falta de «tono» y autocontrol de mi esfínter, pero no le di mayor importancia a eso, hasta que un mes y medio después de que naciera mi bebé, mientras tenía un orgasmo, simplemente me hice pis. ¡Ha sido el momento más embarazoso durante mis 10 años de matrimonio! Aunque mi esposo fue muy comprensivo, yo estaba tan avergonzada que no podía mirarlo a los ojos.

¿Qué pudo pasar si yo hice todo lo que, en teoría, se debía hacer para evitar sufrir un prolapso?

Aterrorizada fui a visitar a mi ginecóloga, quien me confirmó mi mayor temor: tenía una hipotonía vaginal grado 2 y un leve uretrocele o prolapso uretral. En palabras sencillas, después del parto mi uretra había quedado más abajo de lo que se supone debía estar y los músculos de mi suelo pélvico se habían resentido. ¿Debí haberme ejercitado más? Es probable. Pero también el origen del problema fue que mi bebé era realmente pequeña y salió expulsada en, literalmente, dos pujos, llevándose todo a su paso. Por fortuna, el prolapso no requería de una intervención quirúrgica, así que la rehabilitación podría ayudarme.

Una vez superado el shock inicial generado por el diagnóstico, comencé a investigar los centros especializados donde prestaban este servicio en Madrid, y me preparé para desembolsar unos 350€ por un paquete de 6 sesiones. Cuando acudí a mi primera consulta la fisioterapeuta fue contundente en sus sugerencias: debía trabajar duro, tanto en la clínica como en casa, para recuperarme lo más pronto posible.

Después de seis semanas haciendo toda clase de ejercicios hipopresivos y recibiendo radiofrecuencia, logré recuperarme y no he vuelto a tener ningún «accidente».

Pero tampoco voy a mentir: han trascurrido 10 meses desde el parto y aún no tengo el mismo control sobre mi suelo pélvico y mi esfínter. ¿Volveré a sentirme igual que antes del embarazo? ¡Ya Veremos! En todo caso, aunque sé por experiencia que hacer los ejercicios da mucha pereza y que no son garantía de poder salvarse de este mal trance, me ha quedado claro que son fundamentales para mantener todo medianamente «bajo control» y acelerar la recuperación tras el parto.