Y con los hijos… ¿calidad o cantidad?

Desde el principio de los tiempos nos hemos preguntado qué es mejor: ¿calidad o cantidad?

Pregúntale a mis hijos qué prefieren, ¿cien gramos de chocolate belga, 70% cacao, o un kilo de Milky Way?

Lo tienen claro: cantidad.

Nuestro instinto primario nos lleva a la cantidad, queremos todo de a mucho. A la calidad en cambio nos lleva la edad o la madurez (no siempre relacionadas).

Ahora que tienes niños te olvidas de eso y le apuestas a la cantidad. Cantidad de tiempo, que es lo que más escasea.

Empezamos a creer que ellos no pueden vivir sin nosotros y que debemos dedicarles todas las horas.

Les damos cantidad: soy mejor madre porque no lo llevé nunca a la guardería, lo cuidé yo hasta que las autoridades me obligaron a llevarlo al colegio so pena de cárcel; que si no es por eso, le enseño yo también a sumar y a restar (menos derivadas que para eso tendría que buscar ayuda).

Y bueno, me he dado cuenta de que sí puedo sola. ¡Puedo con todo! trabajar, que los niños estén atendidos, que se coma rico en casa, hacer dieta y plancharme el pelo día por medio. También puedes parir sola a la orilla de un río.

Por poder se puede, pero no es plan.

Si mi vida fuera una empresa, habría quebrado; pero como no puedes quebrarte a ti misma, sigues adelante y crees que aguantas, pero caes en picada y lo sabes: tienes que buscar remedio. Yo resolví este problema y contraté a un COO–Chief Operations Officer.

Mi COO se llama Andrea y reflotó mi empresa. Sin pretenderlo me hizo ver como estaba comiéndome un kilo de Milky Way en lugar de cien gramos de chocolate belga.

Andrea no es chica de la limpieza, ni ama de llaves, ni cuidadora. Su trabajo es: ayudarme ¿Qué tiene eso de malo? Nada.

Antes de ella, mi vida era así:

Levantarme yo, levantar a los niños, intentar convencerlos de vestirse solos: “¡Ese pantalón está sucio!” “espérate que busco otro” “a ver si hay algo en la secadora” “bueno te lo pones así…” “Sí, sí te lo pones” “A desayunaaar…” “¡Nos van a cerrar la puerta del cole!”

Ir a trabajar (sin relevancia en esta historia) desde las 9:00 hasta las 5:00, jornada reducida (malas caras, mismo trabajo).

Buscar a los niños en casa de mis suegros: “nos tenemos que ir”, “ponte los zapatos”, “guarda los juguetes”, “agarra la mochila”, “besito a la abuela” ”Amén, ¡digan améeeen!

Llegar a casa, preparar cena, ¿Qué cocino? Algo rápido… No, mejor sano, no, mejor sólo rápido.

Dejarlos cenar solos porque están aprendiendo a comer sin ayuda. El desastre no te debería importar y si no hubiera que limpiarlo, no me importaría tampoco.

Llevarles directo a la ducha con un túnel de aislamiento, porque si tocan algo con las manos extienden la cochinada.

Tener paciencia, respirar, están aprendiendo a desvestirse.

Bañarlos… “Levántate, no me llenes de champú!” “ponte para acá”, “cuidado te resbalas” “¡no me moooojeeees el peloooo coñooooo!”

Pañal, piyamas, besos…

Aquí por sorprendente que parezca, aún los quieres, sabes que no es su culpa, odias tu vida, no a ellos. Ellos te sonríen y menos mal.

“A guardar, a guardar cada cosa en su lugar”… “sí, veeeenga, trae los robots”, “¿Cuándo sacaron todo esto?” “a ver Pablo, trae todo lo que encuentres por la casa” “llévate un saco para que quepa todo” “Andrés, mete todo en los cajones” (son como el bolso de Mary Poppins).

Bueno a acostarse. Sí, claaaro que les leo un cuento; sí sí, ahora los acompaño; espérenme un momento, ya vengo que  voy a llorar un momento al baño.

Se durmieron, son las 10, pobres, les va a costar levantarse después, la mañana no estará fácil.

Recoger la cocina, dejar puesta la lavadora, sacar la ropa de mañana.

Comer algo, nada light, porque ya sin entrar en que no-light es lo más rico, también hay que acordarse que es lo más fácil, y ahí si me dan a mí en la madre.

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Este es mi nuevo día a día, con mi COO:

Lo que es levantarles y discutir por el tiempo, eso no ha cambiado. Pero ahora en el pie de la cama hay uniformes preparados y limpios.

Ir  trabajar, para bien o para mal tampoco ha cambiado mucho, salvo por el tiempo, ya no tengo jornada reducida.

Ir directo a mi casa. Di – rec – to,

Encontrar a mis niños cenando una comida súper sana y nutritiva que con tiempo que yo planifiqué y si me olvidé de hacerlo, mi COO lo ha pensado por mí y hasta mejor que yo.

Aprovechar un poco de ver el correo, llamar a mi mamá o hacer otra cosa productiva y mía mientras ellos chapotean en la bañera.

Una vez bañados y libre yo, ponerme a jugar con mis críos, con alegría, con buen humor, sin discutir…

Antes dedicaba a mis hijos muchas horas, todas las que el día me permitía, dándoles mi tiempo en cantidad. Ahora llego más tarde, tengo que trabajar más, pero desde que llego hasta que se acuestan tienen toda la calidad de la que soy capaz.

Ahora jugamos a la plastilina, hacemos arcilla, hasta jugamos fútbol en la sala.

Todas las noches hacemos un juego de mesa en familia. Qué oportunidad, ¿no? ¡y yo la tengo!

Seguro que alguna súper ama-de-casa/madraza/ejecutiva/esposa en simultáneo me dirá: “puedes hacer todo sola” y no dudo que ella pueda.

Yo no, por ahora mi tiempo ha bajado de cantidad y ha aumentado en calidad y estoy contenta.

Cada una que decida si va a parir en la orilla del río o donde mejor le parezca.

Si quieres leer Más historias de Vivi, no dejes de leer su blog Dime tú que no