A las abuelas que no tuvieron mi libertad

abuelas

Este texto fue escrito por Natalia (@natillazapata) durante el encierro obligatorio de pandemia, en abril de 2020. La soledad y la pensadera, la pusieron a reflexionar sobre ella, su sexualidad y la vida de sus abuelas. Léelo, te hará pensar.


Era un día cualquiera de esa cuarentena que nunca olvidaremos, estaba sola en mi apartamento en Bogotá superando una tusa (despecho), con la sensación de estar viviendo el fin del mundo sola, encerrada en 44 metros cuadrados, lejos de mi familia y mi gente más cercana.

Tenía trabajo pero no mucha satisfacción, y me sobraba el tiempo para pensar en demasiadas cosas, así que decidí empezar a pensar en mí, en lo más profundo y enraizado de lo que había sido y lo que era como mujer.

Quería hacer un análisis de todos mis “yoes”, pues en un mes cumpliría 40.


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26 de abril de 2020 – Pandemia, encierro y reflexión

Es 26 de abril y muchas cosas han pasado en estos días en los que podría no pasar nada, en los que el encierro nos ha puesto a medir la vida en días, en los que a veces pasamos las hojas del calendario como si fueran días perdidos porque otra vez no pudimos salir, abrazar ni correr.

Pero la vida es vida y sigue su rumbo sin importar qué tanto hagamos o dejemos de hacer.

Han sido días de inmensa reflexión, de tener horas enteras para pensar en lo que muchas veces evitamos, buscando siempre distracciones que nos ahorran el esfuerzo de confrontarnos con esos pensamientos.

Muchas dinámicas han cambiado.

Ahora nos toca hacerlo todo en la casa (en mi caso siempre lo he hecho, porque soy más Mónica Geller que la propia Mónica Geller) limpiar, cocinar, educar, divertirme…

Los roles entre hombres y mujeres en cuanto a las labores domésticas se han ido acomodando, porque ahora todxs somos de la casa, no hay como huir de eso (aunque todavía hay algunos que se las ingenian muy olímpicamente).

En mi caso no comparto las labores con nadie, aquí somos mis múltiples personalidades y yo, y eso de alguna manera es un privilegio, una comodidad que agradezco, más cuando leo que a las cifras de contagiadxs por COVID, se suman las de violencia de género que ha cobrado la vida de muchas mujeres en esta cuarentena.

Qué dolor, qué absurdo todo, qué impotencia; mueren en su casa, bajo la complicidad de un aislamiento obligatorio que silencia todo detrás de la puerta de “su hogar”.


Artículos sobre violencia doméstica durante el confinamiento:


Soy privilegiada

Mientras escribo esto, tengo que parar unos segundos para agradecerle a la vida el privilegio de la independencia, de tener esa habitación propia de la que nos habló Virginia Woolf en 1929.

Entonces pienso también en el privilegio que tengo hoy de poder disfrutar mi cuerpo, mi sexualidad y la exploración propia del placer, porque entre todos los derechos que se nos han negado a las mujeres, el sexo libre y placentero es protagonista.

El sexo para nosotras ha sido históricamente vinculado y limitado a la función de dar vida y complacer a los hombres, nunca para gozarlo abiertamente ni mucho menos, para explorar todas sus posibilidades.

Algunas mujeres que se atrevieron a hacerlo fueron linchadas por pecadoras, “putas”, brujas y cualquier cosa más que los hombres quisieron usar para juzgarla.

Aún hoy, en pleno siglo XXI, una mujer “entrona”, coqueta y sexual tiene que pasar por juicios sobre su valor como “buena mujer”.

Pienso en mis abuelas

Es inevitable pensar en mis abuelas, mujeres de campo, aisladas desde siempre, para quienes sus cuerpos nunca fueron propios sino de sus esposos, de sus hijos y de la tierra que tenían que labrar para darles de comer.

Mis abuelas eran mujeres para quienes el placer no existía porque estaba prohibido o lo que es peor, no sabían siquiera que existía o se podía porque siempre les fue negado de todas las maneras.

Entonces pienso y siento que cada disfrute de mi cuerpo, cada orgasmo que alcanzo, cada caricia que puedo darme a mí misma es una manera de honrarlas, de sanarlas y reconocerlas, de darles una patada en el culo al patriarcado y liberarme del mandato impuesto de negarme el derecho a disfrutar de mi cuerpo y sus placeres y sentirme culpable por ello.

Por mis abuelas y por las mujeres de hoy.

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