Karina Sainz Borgo: “No necesito que nadie me publique por una cuota, solo por ser mujer”

Karina Sainz Borgo

En esta ocasión, Patricia Rosas-Godoy (@patrirosasgodoy) conversó con una escritora de primera: Karina Sainz Borgo (@laksb), autora de El tercer país La hija de la española. Hablaron sobre qué inspiró su última novela y cuáles son sus hábitos y manías a la hora de escribir. La autora venezolana nos da unos consejos imperdibles para atreverte a escribir. Si eres una lectora empedernida como nosotras, esta entrevista TE ENCANTARÁ.


“Llegué a Mezquite buscando a Visitación Salazar, la mujer que sepultó a mis hijos y me enseñó a enterrar a los de otros. Caminé hasta el fin del mundo, o donde yo creí que el mío había acabado.”

El tercer país (Lumen, 2021) es un libro trepidante, de esos que no te sueltan, ni siquiera después de haberlo terminado. En él, su autora, la escritora venezolana Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), cuenta la historia de Visitación Salazar y Angustias Romero, dos mujeres marcadas por la muerte, que (sobre) viven en un pueblo hostil y sin ley, situado en cualquier frontera de Latinoamérica.

Con La hija de la española (Lumen, 2019), ya Sainz Borgo nos había enseñado de qué está hecha. Su multripemiada novela fue catalogada por la revista Time como uno de los mejores libros del año 2019 y fue traducida a más de 26 idiomas.

Ahora Sainz Borgo nos presenta El tercer país, una historia de  muerte y supervivencia, pero también de compasión y justicia, y que a mí ME ENCANTÓ.

 

El tercer país
“El tercer país”, nuevo libro de la autora venezolana.

 

Tuve el placer de entrevistar a la autora hace unos días, y esto fue lo que me contó sobre su obra más reciente:

PRG: Qué maravilla de libro, Karina. ¡Qué descripciones más impresionantes!, ¿cuál es la chispa de esta novela? ¿De dónde sale se idea inicial?

Yo comencé a trabajar en El tercer país cuando recién empezaba la promoción de la novela anterior. Me movía muchísimo y por distintos lugares. Tuve la noticia de una historia de una mujer que enterraba muertos en una zona fronteriza por caridad y me pareció una historia poderosísima. Esto hizo que me acercara al lugar y la conociera, y a partir ese primer contacto me dio la impresión de estar frente a Antígona (de la obra clásica de Sófocles). Hay pulsiones humanas que son tan profundas que pasa el tiempo, avanzan las culturas y se expanden los territorios y se siguen repitiendo.

Luego, continué moviéndome por otras zonas fronterizas (casi todas por América Latina) y empecé a notar conductas comunes; esa idea del desesperado, del que huye, del refugiado. Por ejemplo, en Centroamérica hay unos temas tremendos, no solo por la caravana gigantesca que se movilizó a los Estados Unidos hace unos años, sino que el flujo migratorio es muy complicado para ellos.

La garra que produce la novela es el encuentro con este personaje. Pero al final, El tercer país es una ficción. Yo lo que hice fue construir todo un universo que resume en buena medida esa peregrinación e intemperie de aquellos que huyen; como el personaje de Angustias Romero, una mujer que lleva a sus hijos en unas cajas de zapatos. Creo que el nivel de pobreza y violencia que hay en esa imagen es lo suficientemente elocuente para hacernos entender que no es posible que en el siglo XXI sigamos atravesando procesos de ese tipo; la migración venezolana es una de las más evidentes.

P: Nadie nunca elige ser un refugiado. Muchas personas piensan que es muy fácil agarrar tus maletas e irte y no es así. Al final, no tenemos un país al cual volver y esto está reflejado muy bien en el libro. Como tú dices: es cualquier país

Sí y, de hecho, todas las fronteras se parecen muchísimo. Es un entorno que nos dice “tú no deberías pasar de aquí y yo no te debería dejar entrar”. Todo el que atraviesa esa frontera es visto como un oponente, o alguien de quien hay que desentenderse.

Hay unas situaciones que son más elocuentes que otras. Por ejemplo, todos los veranos en el Mediterráneo se abre el mismo debate y es que este se convierte en el cementerio de todos los refugiados y desplazados. Esto nos habla de que hay una dificultad para gestionar o sentir compasión con el otro.

Esta es una de las cosas que más trato de resaltar en el libro, la compasión y la piedad. La protagonistas son dos mujeres, cada quien a su manera: una madre escarmentada y otra enterradora, cada quien con un carácter diferente. No son mujeres inocentes ni suaves, pero que ellas generen esa capacidad de preocupación por un vulnerable a medida de que se cuidan, me parecía que era un factor que valía la pena tocar.

La creación de un territorio ficticio me ayudó a eso, porque creé un lugar arbitrario, en donde se unen los vivos y los muertos, la verdad y la mentira, el bien y el mal.  De esto me inspira Pedro Páramo de Juan Rulfo, en el cual se narra un lugar en el que no se distingue quienes están muertos y quienes están vivos. Mezquite es mi Comala y siento que lo importante es el paisaje humano que se gesta ahí.

P: Retomando un poco lo que decías sobre la compasión, es genial que incluso llegues a sentir compasión por Aurelio, un personaje que al principio se plantea como el bicho malo.

Sí, es el único que se intenta redimir y lo hace por un motivo tan sencillo como que él quiere que sus hijos y su mujer lo miren con respeto. Es algo muy sencillo y complejo a la vez. Él dice “no puedo vivir así permanentemente” y es alguien que repara todo su silencio porque más que un hombre cruel es un hombre cobarde.

A mí me gusta mucho alimentar la paradoja de mis personajes. Es decir, que ningún personaje sea completamente malo y que ninguno sea completamente bueno. Por ejemplo, Críspulo como personaje es una víctima que ha sufrido muchísimo, ¿cómo no se va a comportar como animal? Ojo, eso no justifica las malas acciones que cometen, pero te da un retrato de porque son así. Los resortes que están en esos personajes tienen algo que les permite esa interacción y que se parezcan más al muestrario de reacciones humanos.

Visitación es una mujer profundamente arbitraria. Para unas cosas es muy generosa y para otras es realmente una persona cruel, al igual que Angustias. Pero ellas empiezan a ensamblarse y a transmitirse las unas de las otras. Por eso yo insisto tanto en el tema de la compasión y la amistad, lo más importante se lo dicen con muy pocas palabras, a través de lo que comparten en ese viaje implícito que está en todo el libro.

P: Otra cosa que me gustó mucho del libro es que pareciera que vas a jugar con realismo mágico,  pero no…

¡Qué bien que lo veas así! Hay mucha gente que me dice si es realismo mágico, pero no. Todo lo que parece sobrenatural en El tercer país tiene una explicación racional y consciente. Tengo que sembrarte la duda de si es verdad o es mentira, de si este tipo está loco o es un guerrillero. Hay muchas personas que no lo han pillado, la misma novela tiene muchas aristas,  pero las cosas que aparentemente son mágicas tienen una explicación.


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P: ¿De dónde salieron los nombres?

Mira, Angustias y Visitación fueron los primeros que se me ocurrieron. Para mí, dar nombre a un personaje es inaugurar una relación. Angustias es una mujer como el nombre la describe, huérfana, que se le mueren los hijos, solitaria y autosuficiente. Sin embargo, me di cuenta de que me gustaba crear una constelación de nombres de vírgenes, como Consuelo. También, hay unos que saco de otras novelas, por ejemplo; Abundio que viene del arriero de Pedro Páramo (que me pareció un nombre bellísimo). Hay muchos nombres que han caído en desuso y que son característicos de entornos agrestes y no urbanos. Eso me permitió separar la historia de cualquier referente en marcha.

Hay otros nombres que tienen su razón de ser; como Mezquite, este nombre sonoro viene de un tipo de madera que se usa para hacer carbón, entonces ya te da la idea: un pueblo que se convierte en carbón. Hay muchas ciudades y pueblos  que tienen elementos trágicos y mitológicos como Estigia.

Entonces fue un proceso de tejer los nombres, hay unos que salen mejores que otros, pero me rindo profundamente ante Visitación Salazar y Angustias Romero, estos personajes me dijeron “nos vamos a llamar así” y se revelaron como sus nombres: dos personajes muy díscolos y hechos a sí mismos.

P: ¿Tienes una rutina para escribir?

Sí, yo me levanto y escribo. Escribo para el periódico en que trabajo, para la columna de opinión, los correos, lo que tengo que mandar, lo que tengo que escribir para la radio. Sobre las 9 – 10 de la noche me siento a trabajar mis textos.

En el caso de El tercer país fue un poco más atípico porque yo la escribí de viaje. Entonces, me pillaba un vuelo de Berlín a Nueva York y me sentaba ahí en el ordenador, ¿qué más vas a hacer en tantas horas de vuelo?

Toma un tiempo entrar en esa velocidad de crucero de escritura, tienes que tener un cuerpo de lectura que te conduzcan por ese sendero. Cuando llego la pandemia ya le baje la velocidad y tuve tiempo para editarlo y cortar. Lo edite muchísimo e hice varias ediciones.

A diferencia de La hija de la española, las escenas aquí son más concisas y van muy directo. Por eso, necesito darle al lector escenas para que no se agote y no se canse.

P: Lo que haces al final de cada capítulo es muy brutal porque te deja siempre como esperando más

Sí, sobretodo porque llevamos muchos meses encerrados con una percepción de que estamos rodeados de ficción, es decir, lo que se está viviendo afuera no es completamente real, viendo Netflix, etc.

P: ¿Cuándo te sientas a escribir en la noche, ¿necesitas algún ambiente en particular? ¿música? ¿silencio?

Sí, necesito fumar, silencio y música.  El tercer país lo escribí con música, excepto la última parte que necesitaba más concentración. Lo escribí con puras piezas vocales, corales, muchísimo Barroco y Hegel, siento que la voz primitiva es mucho más humana.

Creo que no pudiera escribir sin música.

El periodismo sí lo escribo sin música, porque voy muy rápido, pero en la ficción sí.

A cada sitio donde iba, iba recogiendo impresiones para la novela. Hay momentos que me acuerdo perfectamente donde los escribí, que estaba pasando y que estaba viendo; eso también alimenta la “criatura” de otra forma.

P: ¿Tienes algún consejo que le quieras dar a la comunidad de Asuntos de Mujeres para enfocarse en la escritura?

Sí, dos.

El primero y más importante: leer.

Cuando eliges una historia y sabes por donde va a ir no puedes caer en la tentación de pensar que estás descubriendo el agua tibia. Me paso un poco con Antígona, lo he ido trabajando con el paso de los años y me he leído casi todas las versiones que he conseguido. Esto te permite frasear de otra manera y te previenen de cualquier síndrome de lo inédito y esto es muy importante para cualquier persona que aspira crear algo.

El segundo consejo es una frase que vale oro de Patricia Highsmith: “Si vas a escribir, no aburras por favor”. Tienes que ser muy consciente de que tú no estás ahí para demostrarle al lector cuanta prosa eres capaz de encadenar de manera continua, sino cuán capaz eres de hacer que esa persona se quede contigo. Yo aprendí esto del oficio periodístico, tu sabías que si lo que decías no era importante o no tenía contundencia, iba a desaparecer; ahora desaparece en internet también. Tienes hasta el cuarto párrafo para que alguien se quede.

Esto se consigue leyendo, asumiendo la capacidad de cometer nuestros errores y la autocrítica, mucha autocrítica. Siempre cito el prólogo de Música para camaleones de Truman Capote, dice así: “Cuando Dios te da un don, te da un látigo para que te azotes con la misma intensidad del don que te ha sido concedido” Y tiene razón. Un escritor se hace trabajando, trabajando y trabajando.

P: ¿Qué le dices a la cabrona interior, o esa vocecita que constantemente te dice que no eres suficientemente buena?

Bueno, yo me llevo muy bien con mi cabrona, que en mi caso le llamo “el sargento alemán”. Antes me hablaba a gritos todo el rato, pero ya me ha dejado de gritar.

Yo pertenezco a una generación no muy reciente ni tampoco muy antigua, pero creo que yo me crié con puntos de vista contarios a los míos. Yo misma incluso me digo todo el rato “tengo que darle la vuelta”, en mí (esa voz interna) no ha sido un efecto paralizante, en la escritura, por lo menos. En el trabajo con un editor creo que lo enfrentas bastante, pero ya no es cómo que desprestigian tu trabajo, sino que te dicen “esto puede quedar mejor”.

Siento que hay que ponerse un reto mayor, o por lo menos proponerse algo divertido; yo tenía muy claro eso con El tercer país, que a pesar de que está hecho del mismo material explosivo y sentimental de la novela anterior no se siente igual. Por eso, planteo las voces técnicamente más complicadas; en esta novela hay dos narradores, una persona muy socorrida pero también un narrador omnisciente, muchos personajes, cambio los registros y los acentos del habla, esto me propuso más aprendizaje.

P: Leí en una entrevista que cada vez eres más fan de desapegarte de las cosas que escribes, ¿Cómo se hace eso?

Cuando algo no es bueno, no es bueno. Mi relación con los textos es mucho más conclusiva, a mí me cuesta muchísimo leer textos viejos. Yo creo que lo mejor que uno escribe siempre está por llegar, te vas haciendo más adulto, consumiendo más contenido, dejas de pensar que todas las metáforas que haces son maravillosas y de tres te quedas con una. Este es el tipo de cosas que yo valoro y que valoro en otros autores. Lo interpreto como un proceso natural.

El año y medio que estuve escribiendo la novela me formó mucho, conversando con distintos tipos de interlocutores y escritores extranjeros, muchos me dieron ideas y fue muy divertido. No soy la misma que se sentó con La hija de la española ni la misma que se sentó con El tercer país.

P: La hija de la española fue una explosión, ¿cómo una persona normal y corriente encaja todo lo que te pasó con La hija de la española?

Fue una sorpresa tremenda, pero el hecho de que te haya ido bien hoy no significa que te vaya a ir bien mañana. Solo porque me haya ido bien con La hija no significa que me vaya a ir bien con lo próximo que escriba. Creo que cada libro se empieza de cero. La hija de la española me permitió entender todo el trabajo que tiene un libro, la cantidad de gente que trabaja, en cómo llega a una librería. Trabaja desde el autor hasta el corrector ortotipográfico.

He cambiado y madurado, hay muchas preguntas que no le cuestionaría hoy en día a otros autores, o cosas que hoy por hoy me parecen frivolidades.

Con La hija de la española tengo una relación compleja porque por un lado la adoro, pero por otro lado, no la quiero ver más.

P: ¿Te consideras feminista?

Sí, pero odio las cosas aplastantes, revolucionarias y tumultuosas. No me considero una víctima ni considero que ser mujer me convierta en una víctima. No necesito que nadie me publique por una cuota, solo por ser mujer y nunca me voy a ir lloriqueando por eso. Hay cosas que vienen con la naturaleza, y lo femenino es una de esas cosas. Yo no voy a decirle a nadie qué hacer en nombre de ninguna revolución.


Y como te gusta la escritura…

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