Por ser puta tuve que renunciar al amor

puta

¿Se puede ser puta sin renunciar al amor? En este texto de escritura creativa digital, @mariaelisamanzur narra la historia de una mujer cuyo único anhelo era ser amada… (Si quieres escribir textos como este, sigue leyendo)


*Texto seleccionado del primer Curso de escritura digital de Asuntos de Mujeres

Mi mamá me abandonó cuando nací

Todo pasó tal cual una película. Una noche, no mucho  después de dar a luz, salió corriendo conmigo entre sus brazos. Cuando llegó a la puerta del orfanato, subió las escaleras, me acomodó entre mis manticas en el suelo, tocó el timbre y se fue.

Así comienza mi historia, o al menos eso fue lo que siempre me dijo la directora del orfanato.

Nunca me adoptaron.

Cuando cumplí 18 años, agarré mis cosas y me fui de ese lugar, igual de sola que como llegué.

Pasé varios días buscando trabajo, pero los que conseguía no me permitían ganar lo suficiente para vivir. Tenía esta tonta idea de querer ir a la universidad por mis propios medios, pero apenas podía pagar el alquiler de una habitación. 

El comienzo: Fantasy Club

Un día, regresando a mi casa después de una laaaarga y terrible jornada buscando empleo en tiendas de ropa, escuché una melodía que me llamó la atención.

La seguí hasta dar con un local llamado “Fantasy Club”.

No estaba segura de si entrar o no, pero al final decidí acercarme. De todos modos, nadie me esperaba en casa. Nadie me esperaba en lo absoluto.

Le di las buenas noches al vigilante en la puerta y entré.

Era un lugar inmenso, nunca imaginé que podía ocupar tanto espacio. Todo era oscuro, iluminado tenuemente por luces violetas y azules, lo que le daba a ese lugar una sensación de misterio impresionante.

Pasaban mesoneros de un lado a otro, con trajes preciosos y cocteles de todos los colores.

Al fondo estaban ellas. Les decían las diosas y ciertamente el apodo les quedaba como anillo al dedo.  Eran diosas que bajaban del cielo, como Afrodita, para hechizar eternamente a los hombres.

Nunca había visto mujeres tan hermosas. Bailaban sincronizadas y volaban entre tubos de placer.

Todos las aplaudían, todos las deseaban. Yo quería eso, quería atención, quería que me desearan, quería que la gente se cautivara con mi presencia, no quería pasar inadvertida más nunca.

Entonces, conseguí el nombre de la dueña del burdel y le pedí trabajo. Y por si se lo preguntan, sí, perdí mi virginidad siendo puta.


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Llegué a ser la más solicitada de Fantasy Club y, por lo tanto, la mejor pagada

Por el día iban a explotarme, pero por la noche iban a verme bailar. Tenía a cientos de ojos viéndome todos los días. Eso llenó mi ego completamente, me sentía realizada.

Me decían “La almendra de oro” por mis senos perfectos y pezones firmes y suaves.

Con ese dinero hasta pude costear mi propio apartamento.

Un día regular de trabajo, me avisaron unos minutos antes que había un cliente nuevo en la sala de espera, como de costumbre.

Mis primeros días de trabajo me intrigaba saber quién podría ser, pero luego se volvió rutina. Además, la mayoría de las veces era mejor no ver al cliente, era más fácil de esa manera.

Pero esta vez lo sentí distinto. No sé si fue el tono de Sofi, la secretaria, o mi propia intuición.

Entonces entró.

Lo primero que vi fueron sus piernas morenas y peludas; llevaba bermudas. Tenía las batatas gruesas y duras, no tenía que tocarlas para saberlo.

Luego vi sus brazos largos, con unos bíceps perfectamente disimulados pero deliciosos. Además, no se le marcaban las venas (no sé por qué eso llama tanto la atención y se considera “sexy”).

Llevaba una camisa un poco desgastada que decía “Patagonia”.

Sus pectorales se marcaban disimuladamente y hacían un contorno casi imperceptible en su franela pero yo los vi y me encantaron.

Y luego vi su rostro. Tenía facciones marcadas, una barba desarreglada y unos ojos color miel en los que quería hundirme.

Sentí el corrientazo en mi cuerpo.

Le pregunté si era su primera vez en un burdel y me dijo que sí. Entonces me aproveché.

“Las putas no besan, porque besar es parte del ritual de hacer el amor.” Pero yo sí lo bese, lo besé con gozo.

“Las putas tocan, no las tocan”. Él me tocó, me frotó, me chupó.

Hicimos el amor y los dos lo sabíamos.

Pasaron los 20 minutos y no quería que terminara, pero él tenía compromisos. Así que agarró sus cosas y se fue.

En el burdel nos enseñaron a que nuestra mayor renuncia debía ser al amor

Debemos separar el placer de los sentimientos y eso es lo que he hecho gran parte de mi vida.

Pero él volvió. Volvió varias veces y fue inevitable no conocerlo.

Me contaba de su trabajo, de su hija, de sus errores, de sus aciertos, de su rutina, de sus deseos frustrados.

Yo era ese extraño no tan extraño al que le puedes contra tu vida sin que te juzguen. Pero las putas no tenemos ese privilegio…

Inevitablemente quise más, aunque sabía que él me pertenecía solo en esas cuatro paredes y esos 20 minutos.

Un día lo invité a que pasara al club por la noche a verme bailar. Le dije que tenía muchas ganas de que viera el show. Pero no fue y nunca más volvió.

Me precipité y me equivoqué. Me di contra un muro de piedras gigantes sabiendo que iba a pasar. Y en parte lo entiendo.

¿Quién ama a una puta?  O peor aún… ¿Quién ama a una puta abandonada?

Mi anhelo desenfrenado de sentirme deseada, atendida y de no pasar inadvertida, como pasó en mi infancia, me condujo a ser esa clase de mujer que ningún ser humano quiere como compañía duradera.

Pero es que cuando no tengo a un hombre a mi lado, me siento como perdida en medio del desierto.

Cada persona que me desea es un oasis para mí. Como si fuese la única persona que va a desearme. Por eso siento que tengo que aprovecharlo y conformarme con lo que en 20 minutos esté dispuesto a darme.

Siendo puta tengo el poder de sentirme especial, pero jamás amada…

Creo que me tendré que conformar solamente con la fugaz atención que recibo de cada uno de mis clientes.

Photo by Dainis Graveris on Unsplash


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