Ayanta Barilli: “La vida es acción, no estar quieto mirando por una ventana”

una mujer y dos gatos

La pandemia para muchos significó una carga emocional difícil de poner en palabras. Precisamente, de eso se trata Una mujer y dos gatos, la última novela de Ayanta Barilli (@barilliayanta), escritora y periodista, con quien Patricia (@patrirosasgodoy) tuvo la oportunidad de hablar. No te puedes perder todos los detalles inéditos que nos cuenta Ayanta sobre su nueva novela, su vida y la escritura.


Mucho agua ha pasado debajo del puente desde que en 2018 la escritora Ayanta Barilli quedó como finalista del Premio Planeta por su novela Un mar violeta oscuro (Planeta, 2018).

Mucho agua… y una pandemia.

Justo es la pandemia el escenario de Una mujer y dos gatos (Planeta, 2021), una novela de autoficción escrita desde las entrañas durante los días de confinamiento, que se convierte, casi sin querer, en un canto a la vida y al amor.

Tuve la suerte de tomarme un café con Ayanta Barilli en Madrid, para conversar sobre Una mujer y dos gatos.

ayanta barilli una mujer y dos gatos

Hablar con ella es siempre un gustazo; con su sonrisa tímida, su aspecto impasible y su voz pausada, es de esas personas que parece siempre tener la palabra precisa en los labios.

Esto fue lo que me contó:

¿Cuándo este libro se convirtió en tu próxima novela?

Fue todo un proceso. Yo empecé a tomar unos apuntes porque lo que estaba sucediendo alrededor era muy insólito.

Recuerdo que luego me llamó mi padre, quien acababa de crear una revista digital que se llamó La retaguardia, que fue publicada durante el confinamiento.

Como en ese momento no había dinero para pagarles a colaboradores, mi padre le pidió a amigos escritores y periodistas que participaran en ella; y me pidió que escribiera en la revista.

Entonces, empecé a escribir estas impresiones y a publicarlas en La retaguardia. En un momento dado mi padre me dijo “Ayanta, pero es que estás escribiendo una novela” Y yo como ¡Pfff, qué va! Además, en ese momento estaba escribiendo otra novela, que al día de hoy no he terminado porque es mucho más voluminosa.

En cuanto me lo dijo, me di cuenta de que, en efecto, estaba escribiendo una novela y se dio una situación  extraña en mí porque empecé a escribir Una mujer y dos gatos  por la mañana y la otra por la tarde.

Vivía en dos mundos, uno que era absolutamente real porque estaba basado en lo que me estaba sucediendo (Una mujer y dos gatos), y otro que era una ficción ambientada en los años 20, en España, México y Francia.

Por lo tanto, fueron dos ventanas abiertas a dos realidades muy diferentes pero que se han ido contaminando la una con la otra, inevitablemente. Ha sido un experimento literario muy curioso y un gran alimento para el alma y el espíritu.

Yo no considero que Una mujer y dos gatos sea una novela sobre la pandemia, más bien, la pandemia es el telón de fondo de una crisis personal que conlleva toda una serie de situaciones.

¿Cómo te pasabas el switch entre una novela y otra?

Fue curioso.

Cerraba un libro y empezaba otro.

Hasta hubo un momento en que pensé en unirlos pero deseché la idea porque me gustaba mucho Una mujer y dos gatos y su estilo tan sencillo, esencial y sin mucho número de palabras para explicar la emoción.

Es una gran aventura a través de las emociones.

Cuando te diste cuenta de que tus aportes para la revista eran una novela, ¿cambió algo en la manera en que escribías?

Inevitablemente, sí.

De pronto empecé a pensar en lo que pensamos los escritores: estructuras, estilo y esas cosas. Me puse realmente el reto de que debía ser una novela pero sin traicionar el espíritu con el que había empezado.

Por ejemplo, es el único texto en mi carrera que he escrito a mano, y eso varía TOTALMENTE el estilo.

Al escribir en el ordenador puedes borrar, cortar, copiar, pegar mucho más sin que sea farragoso, pero al escribir este libro a mano me pensaba más cada palabra, cada frase y cada concepto para no emborronar ni volver a escribir. Claro, lo he corregido mil veces, pero está escrito con otra actitud.

Como quien escribe una carta y solo tienes un papel.

Creo que se ve en el resultado, incluso, cuando decidí que iba a ser una novela no me pasé al ordenador, sino que dije “voy a variar y probar este estilo, que me gusta”.

¿Lo transcribiste tú misma? Si es así, ¿qué encontraste al hacerlo?

Sí, es un libro escrito en progresión. Yo no sabía en qué iba a terminar, lo he escrito según ocurrían las cosas.

Cuando lo pasé al ordenador me resultó sorprendente todo lo que había ocurrido. Me sentí contenta de haberlo apuntado, porque no dejaba de ser un momento único en mi vida y en nuestras vidas en general.

Me interesa mucho la memoria, todo lo que deja una huella escrita me parece que tiene valor en sí mismo, más allá de que sea una pieza literaria buena.

En ese momento, realmente estaba pasando por un trance de mucha tristeza, dificultad emocional y falta de concentración; sin embargo, a través de las letras una vez más conseguí no perder el equilibrio.


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Si no hubiese habido pandemia, ¿qué crees que habría pasado?

Si no hubiese habido pandemia, habría terminado el otro libro que estaba escribiendo.

A lo mejor hubiese estado hablando de esa otra novela y no de Una mujer y dos gatos.

Cualquier novela, tanto autobiográfica como de ficción, está zarandeada por los eventos que pasan en la actualidad a su autor y al mundo, así que sería muy diferente.

Esta situación concreta me ha hecho mucho fantasear con quien soy yo o quien es la persona que tengo al lado.

Si no hubiese habido pandemia, ¿quién sería Ayanta? Pues, alguien muy diferente a quien soy ahora, porque la pandemia ha dejado un rastro; tanto malo como bueno.

Me he imaginado en miles de situaciones de quién sería yo si hubiese nacido en otro lugar, en otro momento; con miles de disfraces. A veces pienso, si hubiese nacido en la Segunda Guerra Mundial, sería una espía.

La desobediencia es algo que me define.

Pero tu desobediencia en la escritura es controlada, ¿no?

Sí, porque me muero de rabia, pero intento no perder nunca una mirada crítica hacia lo que está pasando. Eso es fundamental y nunca lo podemos perder.

En efecto, me muero de rabia pero hago lo que necesito hacer sin dañar a nadie; en ese sentido es una desobediencia controlada. No voy a negar lo que está pasando, pero para mí hay unas fronteras emocionales infranqueables y que si yo no hago lo que pienso que debo hacer, no lo voy a superar.

La vida es acción, no estar quieto mirando por una ventana.

Si bien es cierto que cuentas de la enfermedad de tus amigos, nunca dices explícitamente que tienes miedo de enfermarte. Es como si la pandemia fuese un personaje más, pero no un peligro inminente.

Es un personaje más porque yo no tenía tiempo de pensar en que me iba a enfermar.

Claro, es normal que las personas tuvieran miedo, no critico eso.

Pero yo no puedo dejar entrar el miedo porque me quita energía y se trata de un factor completamente incontrolable.

Si nos envolvemos en papel film pero la enfermedad decide atacarnos, nos va a atacar. Además, yo he seguido trabajando de modo presencial, con micrófonos y en la radio expuesta. Es una decisión.

Ya bastante tenía como para dejarme llevar por la ola del miedo.

He estado esperando serenamente a enfermarme, hasta que enfermé; y eso no sale en el libro. Cuando enfermé dije: “vale, qué me vaya bonito”, y así fue.

En el libro cuentas cómo fuiste víctima de acoso en la calle, ¿me puedes hablar de eso?

Yo tengo un programa de radio que es de 12 a 3 de la madrugada. Yo suelo volver a casa en taxi y en esa época era dificilísimo encontrar taxis, entonces aprovechaba de pasear y volvía a casa caminando, me interesaba mucho ver Madrid con esa sensación de guerra nuclear donde había nadie en la calle más que yo.

Todo estaba suspendido en la nada. Una noche me paré a fumar un cigarro en medio de la carretera y todo.

Fui haciendo este recorrido durante meses.

Un día, había un joven con un aspecto extraño al otro lado de la acera me gritó: “¿quieres follar?”, en ese momento no supe qué hacer o qué decir y solo me salió un “No”, cruzó a mi lado de la acera y no había nadie, ni siquiera coches.

Yo empecé a caminar muy rápido y él también; acabé corriendo y pude llegar a casa.

Realmente, una vez más tuve la sensación de que vivir es confiar y confiar es que no te visite el diablo. Ese era un diablo. No me atacó, pero esto forma parte de la condición femenina también.

A mí me dio la sensación de que volvimos a la normalidad, pero la normalidad de todo esto es sentirnos con miedo en la calle.

Algo que me encantaba de esta etapa de la que te hablo es que no tenía esa sensación de miedo que te impide volver a tu casa caminando a las 3 am, porque hasta los violadores estaban encerrados en sus casas; hasta que de pronto había uno suelto.


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¡Y encontraste el amor de nuevo! ¿Qué ha pasado?

Ha sido como una especie de huracán. Mientras que la mayor parte del mundo occidental estaba encerrado en sus casas viendo series, yo estaba metida en un follón verdaderamente inaudito en todos los niveles.

Y claro, cuando hay todas esas energías telúricas, suceden cosas muy negativas y otras totalmente inesperadas y positivas; como la aparición de este hombre al que llamo “el hombre que siempre me gustó”.

Es un poco la metáfora de ese amor romántico en el que ya no creo, que dejé de buscar y sin embargo aparece y dice “estoy aquí”.

Solo puedo aceptar que me dejo sorprender por la vida y sus circunstancias.

¿Qué te ha hecho apreciar la pandemia que antes no lo hacías?

He aprendido que no hay que atender a los consejos, no hay que atender a las críticas. No hay que atender al pensamiento único, a aquello que se dice que es justo y adecuado de hacer.

Hay que atender y escucharse interiormente.

Atender los miedos, percibir las sensaciones y presentimientos que uno puede tener. Estar atentos a lo que hay alrededor y estar siempre pendiente de nuestra red de contención, nuestros amigos y familia.

Lo que me ha enseñado esto -ya lo sabía, pero asenté- es que debo hacerme caso, hacerme caso en lo que pienso y creo.

¿Italia fue un reencuentro con la Ayanta de Un mar violeta oscuro?

Algunos lectores me decían que querían saber más de mí. Del personaje de Ayanta, quien es la narradora, pero al final se sabe poco.

Aquí, con Una mujer y dos gatos, a lo mejor no sabes mucho de mi vida anterior, pero a nivel emocional me abro totalmente, no lo puedo explicar mejor.

Ahí, me reconecto con estas personas que también están en Un mar violeta oscuro, que están en Roma.

En Un mar violeta oscuro logras narrar eventos muy crudos con mucha sinceridad, ¿cómo se logra hablar tan honestamente de estos eventos, que además han ocurrido tan recientemente?

No tengo idea, porque mientras pasaba lo iba escribiendo. Por un lado fue muy fácil, porque a mí me gusta cazar las emociones. Traerlas y ponerlas en papel.

Eso no es muy fácil, porque las emociones son como mariposas, se van y es lo primero que se olvida. A veces hay que hacer un ejercicio de concentración muy fuerte.

Aquí pasaba y me sentaba para escribirlo en un momento en el que se estaba derrumbando una fortaleza, la última persona viva de mi familia.

Me lo puse como un deber.

Me dije que debía hacerlo en ese momento, porque si no lo hacía en ese momento, después no sería lo mismo. Lo hacía cuando podía, porque no tenía tiempo ni lugar. Lo hacía sentada en el hospital, en un banco mientras me fumaba un cigarro por la calle. Iba con ese cuaderno de allá para acá.

Era terriblemente doloroso porque lo hacía llorando.

¿Cuándo supiste que el libro estaba listo?

El epílogo lo escribí un tiempo después, cuando ya todo se había asentado. Cuando terminé el epílogo es que pude ver luz.

Salí, respiré y dije: “Ostras, esto es el paraíso. Qué hermosura de tierra y hermosura de gente”.

Ese epílogo es un cuadro surrealista, que me da paz y armonía. Pertenece a una sensación muy real que tuve de éxtasis.

¿Tienes alguna rutina para escribir?

Me gusta despertarme al alba a escribir, como a las 5am. También al aire libre y en medio de gente querida que está charlando.

Me encanta escribir así porque me siento en medio de la vida, porque escucho y no escucho, pillo cosas. Me encanta escribir durante toda la mañana. Me gusta el día nuevo, la piel nueva en la ducha y la ropa limpia.

La realidad es que, como tengo un programa que hace que me acueste todos los días tardísimo, termino escribiendo por la mañana, pero no de 5 a 7, si no a las 9. Intento hacerlo en las mañanas, y luego, si es que puedo, corregir en la tarde.

Entre escribir y corregir, prefiero corregir. Me divierto como una niña pequeña. Literalmente escribo para corregir.

Duermo poquísimo. Duermo 4 o 5 horas y luego en la tarde me echo una siesta.

¿Qué le dirías a La cabrona o esa vocecita en nuestra cabeza que siempre nos echa abajo?

Yo a esa voz la llamó El Nazi.

Antes lo gestionaba con más dificultad, pero cuando ya lo has escuchado tanto y has convivido tanto con él, ya es como que tengo grandes conversaciones con él y lo dejo castigado. No le doy más espacio del necesario. El Nazi a veces sirve un poquito como de pinchar para afincarte, pero no más de eso.

¿Cómo gestionas el bloqueo?

Trabajando aunque no salga nada. Soy una escritora lentísima. A veces me exaspera mi propia lentitud, en una sesión de 6 horas consigo escribir media página. Lo corrijo todo mil veces, lo vuelvo a leer, etc, etc., y me tomó mi tiempo.

Yo creo que estoy permanentemente bloqueada y lo único que hace que yo continúe es la disciplina, el entrenamiento y no viniéndome abajo.

Insistiendo, insistiendo e insistiendo van saliendo las cosas.

Foto: Levante – EMV

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