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Luz María Arango: “Es tan normal que te agredan psicológicamente, te pongan cachos, que monten hogares paralelos, que admiren y busquen siliconas, ¡es tan normal!”

Luz María Arango

La escritora colombiana Sara Jaramillo Klinkert me recomendó un libro, convencida de que me gustaría mucho, al tratarse de una historia que destapa ese machismo normalizado que existe en muchas de nuestras familias y lo impregna todo.

El libro se llama “Hilos” y Sara no se equivocó, ¡la historia es impactante!

Hilos - Luz María Arango
La escritora colombiana, Luz María Arango, nos habla, en su primera novela “Hilos”, sobre la violencia psicológica y económica que se produce en muchos matrimonios de la clase alta antioqueña.

 

Su autora es la escritora colombiana Luz María Arango, a quien admiré desde el primer minuto de lectura, porque su forma de escribir me cautivó, me enredó y me involucró en una historia en la que todas, tú, yo, una amiga o una persona de nuestra familia, podría ser la protagonista.

Este libro, editado cuidadosamente por Frailejón editores y publicado en 2021, retrata el machismo de la alta sociedad antioqueña en Colombia, la cultura de las apariencias dentro de la familia, las amistades falsas, el qué dirán, la silenciada salud mental femenina, el divorcio, la dependencia económica, la maternidad -aunque no quieras ser mamá-, la dura lactancia, la infidelidad, las siliconas como imposición de belleza, la violencia romantizada y la muerte.

Luz María Arango merece ser leída, y en esta entrevista descubrirás la razón.

La escritora colombiana Luz María Arango, presenta su primera novela, “Hilos”.

A nosotras nos encanta la autoficción, porque nos permite contar nuestra propia historia y acompañarla de elementos que le dan color, significado y brillo al texto. ¿Cuánto de ti y tus amigas hay en tu libro “Hilos”?

Creo que precisamente ese término de autoficción refleja perfectamente la narrativa de “Hilos”; cuando empiezas a escribir, todos tus personajes realmente están inspirados en una vida propia.

Todos los escritores tienen en su narrativa un origen personal, porque es muy difícil desligarse de su propia vida en la literatura; es imposible, independientemente del género. Entonces, “Hilos” nace de una inquietud de mujer, de siempre, porque desde pequeña he tenido una inquietud de mujer.

Cuando empecé todo este proceso de escritura aparecían las Lucías (nombre de la protagonista) y sus amigas, empiezan a conformarse unos personajes donde uno adquiere, toma y pide prestados rasgos de esas mujeres que se te van atravesando en tu vida.

No quiere decir que es cada una estrictamente, porque la literatura no es la realidad definitiva, sino que tú vas escribiendo y eso va apareciendo en el camino.

Por ejemplo, yo empiezo a escribir sobre Julia, uno de los personajes de “Hilos”, y me acuerdo de un guiño de ojo, de un gesto de otra amiga. Y esa Julia empieza a conformarse con esos rasgos, observaciones e instantes de otras personas, que se le queda a una como escritora en su día a día, producto de estar siempre observando.

Esa es la fuente creo yo de la literatura: es estar mirando, escuchando y con todos los sentidos alertas a todo lo que está pasando a nuestro alrededor.

Eso quiere decir que cuando tus amigas leyeron el libro dijeron: “Jum, yo tengo algo de Lucía, tengo algo de Julia”

Te mueres de la risa. A mí eso me encanta de la literatura y lo que hace las cosas más bonitas es todo ese feedback y retroalimentación de las lectoras amigas y no amigas. Es decir, conocidas y no conocidas.

Eso es maravilloso porque entonces se ponen con: “¡Ay, entonces yo soy la que estira el brazo y dice esto!”, “¡yo soy la que está en esta reunión!” Todas quieren identificarse con los personajes.

Es importante diferenciar también que la escritora no es la narradora ni el personaje principal; hay tres personajes ahí. Está la escritora, está la narradora y está la protagonista que narra. Pero sí hay que diferenciar, porque a veces dicen que es Luz María y no, es Lucía.


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En el libro, Lucía habla de la educación que recibió en su juventud y me sentí muy identificada, porque ella casi grita que nos educan para ser vírgenes hasta el matrimonio, para ser inmaculadas y las señoras de la casa.

Cuéntanos un poquito sobre esa crítica intrínseca que tú haces a esa educación de antaño.

Esa inquietud es personal y se la quise trasladar a Lucía, porque recuerdo que cuando estaba pequeña y adolescente, y estudiaba con monjas, me echaron de todos los colegios de las monjas, porque yo reflexionaba sobre esta sexualidad.

Siempre nosotras éramos cuestionadas, si sentíamos algún deseo nos debíamos confesar, y yo decía, pero, ¿por qué? Yo no entendía.

Porque estaba el pecado y la culpa, y siempre eras juzgada si querías expresar un deseo, dar un beso, si querías abrazar.

¿Por qué las mujeres siempre teníamos que quedarnos esperando a que nos invitaran a salir?, ¿por qué yo no podía llamar a un amigo si quería salir con él?

Me acuerdo de que, en esa época, me tenía que sentar en una mesita, esperando a que sonara el teléfono, a que me llamara alguien para invitarme a salir.

Siempre teníamos que estar en una situación pasiva, nunca podíamos tomar la iniciativa. Es como cuando tuve las obras de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, de Virginia Wolf y Brönte, y todas estas autoras, donde había que casar a las niñas, teníamos que estar todas perfectas para gustarles a los hombres. Era una sensación frustrante.

Recuerdo que era una mujer que quería tener esas sensaciones y ganas de que me cogieran y me besaran, pero bueno, no podíamos hablar de esto.

¿Y quién te regañaba aparte de las monjas?, ¿tu papá, tu mamá?

Era esta educación cristiana en un colegio de “niñas buenas” y las “niñas buenas” no se dejaban tocar.

Si alguien lo hacía era cuestionado, pecado, te decían “eres una puta”; si usted tenía un novio y se dejaba tocar, ya había, inclusive, comentarios de cuestionamiento frente a esos grupos de niñas que se reconocían.

“Es que ella es aquello”, decían.

El perder la virginidad era muy criticado. Como si la sexualidad, la pasión y los deseos fueran exclusivos de los hombres.

Pero ¿quién te enseñó a cuestionar esto?

Yo creo que soy una mujer muy afortunada, porque crecí en un ambiente familiar abierto y culto.

Tenía una familia muy inquieta en el arte y la cultura, desde mis abuelos hasta mis tíos abuelos, teníamos una finca subiendo hacia Santa Elena en La Cascada, y era un espacio donde se reunían personas de pintura, música, escritura y, bueno, nunca fui educada con todos estos tabúes, yo podía hablar con mi papá y mi mamá de absolutamente todo.

Cuando estaba muy pequeñita, mi mamá quiso acercarnos al arte. Siempre nos inculcaron esa apertura cultural, viajar, estar abiertas al ser humano, independientemente de la religión y el género. Entonces, yo sí sentía que tenía unas inquietudes muy diferentes.

Cuando hablamos de violencia, lo primero que pensamos es en el ojo morado y el brazo hinchado, pero en tu novela hablas de una violencia “invisible” y normalizada. Cuéntame más.

Lo normalizamos, la palabra es normalizar. Tú lo ves socialmente, en tu ciudad, en tu país. Sin embargo, creo que, en Colombia, donde viví hasta hace siete años, todo era muy normal.

Es tan normal que te agredan psicológicamente, que te pongan cachos, que monten hogares paralelos, que admiren y busquen siliconas, ¡es tan normal!

¿Qué es esto? Y las mujeres lo vemos como “si yo no tengo esto, yo no voy a ser amada; si yo no tengo un cuerpo de esta manera, nadie me va a mirar”.

Entonces empezamos a adaptarnos y construir unos personajes, porque finalmente dejamos de ser nosotras; empezamos a construir unos personajes para tratar de encajar en las exigencias masculinas, porque lo último a lo que ellos le apuestan es a una mujer que les brinde una cantidad de pensamientos, criterios, enseñanzas, educación, amor, etc.

Eso me impacta tanto, ¿por qué mujeres de mi generación?, ¿por qué somos segregadas, por qué sucede esto?, ¿por qué se acepta de esta manera?

Los padres llevan a los hijos todavía a que estén en las fincas o a tener experiencias sexuales con mujeres en su adolescencia. ¡Son creencias tan absurdas!

¿Y crees que esto ha cambiado ahora con las nuevas generaciones?

Creo que el cambio es muy mínimo; no creo que sea tan profundo ideológicamente.

Todavía veo muchas niñas maltratadas y usadas; veo también mucha mentira, apariencia.

Creo que “Hilos” toca un punto, que a mí me impacta muchísimo: las clases altas (antioqueñas). Yo, afortunadamente, nací en una familia en la que tuve todo, pero me daba cuenta de que ese todo normalmente era aparente en muchas situaciones.

Si estaba en clubes sociales, colegios o cumpleaños, era todo muy ficticio. Se dice “gracias” para agradar, se dice lo que favorece socialmente a las personas, pero si tú algún día dices lo que realmente sientes y piensas, te toman por loca. Es muy difícil ser uno.

Es que, definitivamente, lo que quieres retratar es a una mujer que trata de hacer todo lo posible por encajar, pero no lo logra.

Yo me acuerdo de que para mí fue una fortuna volver a la universidad a los 35 años, porque creo que el hecho de continuar estudiando y tener contacto con una vida real, -dedicarse solamente a llevar a los niños a clases, estar en un club-, me permitieron darme cuenta de que vivía en un mundo irreal.

Como mujer debemos empezar, en una sociedad que cuestiona, excluye y juzga cualquier comportamiento diferente, a buscar otros caminos, para poder estar en paz con nosotras mismas.

Mis hijos van a creer que la vida es solo esto, había niños que ni siquiera habían cruzado el río de Medellín, que ni siquiera sabían que existían el Cerro Nutibara, otros sitios.

Cuando estás en una sociedad enfocada literalmente en la belleza y el dinero, encajar es muy duro, porque la mujer nace como con ese morral encima donde tiene que cumplir con una serie de parámetros -ser la mamá, la mujer de la familia-,  y sin eso no hay sociedad y si no hay sociedad, entonces no hay nada.

Y resulta que yo me tengo que quedar ahí para que exista una sociedad viable. Yo lo veía con muchas mujeres con las que estaba relacionada, con las que el silencio era parte de su vida. Eso emocionalmente destruye.

Lucía, nuestra protagonista, se casó muy joven, cumpliendo con esos parámetros: casarse, tener hijos y cuidarlos.

Sí, porque ser soltera es simplemente no ser parte de. La soltería no hace parte de una mujer normal. ¿Cómo así que la soltería no es una opción?

Ahora sí, pero yo recuerdo que ese deseo de estar casada, era la única forma de ser vista y reconocida.  Yo nunca pensaba en el matrimonio, nunca hacía cosas que hacían mis amiguitas, como que les arreglaran las uñas, peinados, maquillajes. Tenía intereses muy distintos.

Entonces, te detienes y pareciera que no hicieras parte de. Como si te dijeran que para poder vivir aquí tienes que vivir bajo estas exigencias.


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Pero además, hay una escena, -una de mis favoritas-, en la que Lucía describe un momento de pasión, amor y sexo mientras piensa en su marido, pero con ella misma… sola.

Lucía indaga en sí misma, pero del cuarto para adentro, ni siquiera con el marido, porque la podía juzgar, cumpliendo el rol de virgen inmaculada que solamente está en la casa para cuidar de los hijos.

A mí me encanta también esa escena. Creo que ahí hay una soledad inmensa precisamente en pareja, una soledad brutal. Esa parte a mí también me inquieta.

Te cuento algo qué estoy experimentando acá. Yo estoy trabajando con prostitutas, visitamos clubes, apartamentos, en fin; y me sorprende muchísimo ver a estos hombres que llegan en estos coches enormes, viven en el mejor barrio aquí en Madrid (su actual residencia), con una vida impecable, y pienso, qué raro ver que estos personajes están acá a esta hora, van a la guardería a buscar a sus niños, llegan a casa.

Yo converso y trabajo con mujeres. No sé, me sorprende que haya una sexualidad tan dividida, solo importa el dinero, el placer sexual, y me pregunto: ¿quién inventé esto?, ¿quién dijo que teníamos que vivir de esta manera?, ¿hasta dónde llega esta forma de vivir?, ¿cómo se construye, donde está el secreto?

Vi también el tema de la salud mental como algo tabú. Lucía en su terapia por el tema de su salud mental, siempre en silencio.

Yo creo que de muchos asuntos de mujeres no se habla. No se habla de la menstruación, los cólicos, los dolores, los embarazos, lo difícil que es ser mamá, la lactancia, que no todas somos iguales, que no todas queremos alimentar. No se habla de nada, de los asuntos nuestros no se ha hablado nunca.

Los hombres son los que han escrito sobre las mujeres, legislado sobre el cuerpo de las mujeres; se habla de pocas mujeres en cada disciplina. Son pocas las mujeres que se han visibilizado, son muchas las mujeres han tenido que disfrazarse de hombres, han tenido que usar como seudónimo los nombres de los maridos.

Es una cosa complicada, como si naciéramos con un paso atrás y nos toca pedalear mucho para ser nosotras.

Creo que una de las cosas que me ha gustado de vivir en España es asumir, entender y digerir lo que realmente significa ese término de feminismo que es tan cuestionado, sobre todo en Colombia. Es que no estamos hablando de lo que es el feminismo.

Yo conozco a hombres feministas, aquí marchando, dando la cara con nosotras para que todas podamos tener los mismos derechos. ¿Por qué el termino feminista es tan malinterpretado y cuestionado?

¿Qué les dirías a las Lucías del mundo?

Yo considero que lo más crucial e importante para Lucía y todas, es no olvidarse de sí mismas, es buscar esa libertad intelectual en todo sentido, educativa, sexual, de salud mental, física. Es ser ellas, no olvidarse de sí mismas. Eso es fundamental, porque no podemos vivir para agradar, eso enferma.

¿Crees que las mujeres deben prever su situación económica al casarse?

Yo pienso que el tema económico es fundamental. El que cada uno tenga su vida propia en todos los niveles es fundamental, en su vida intelectual y económica.

Finalmente, uno tiene que vivir con uno y ser un ser humano completo en todo, que no tenga que prostituirme con mi marido porque no tengo donde vivir, ni que la Lucía, Teresa o cualquiera, tenga que quedarse en su casa sufriendo todo tipo de actitudes irracionales e inhumanas, aguantando una cantidad de humillaciones y cosas, solamente porque no tiene cómo sobrevivir económicamente.

Eso pasa muchísimo, les toca a muchas terminar vendiendo su vida por dinero, pero en la cama, en la cocina, en el viaje, en el club, en todo.

Me quedo porque no tengo cómo vivir, me adapto y asumo lo que me toca con lo que implica.

¿Cómo escribe Luz María Arango?

Luz María, ¿cómo fue el proceso de escritura de “Hilos”?

Es una novela secuencial, en fragmentos. Es una estructura que está fragmentada, se ve física y estéticamente en escenas muy concretas, que van y vienen de una manera, entre comillas, desorganizada. Eso está ligado a todo. Al proceso de escritura, que para mí es como la cámara en una película, pero que después hay que editar todas esas tomas.

Yo no soy esa escritora que hace una escaleta rígida, pero sí hay unos temas que definitivamente quería tratar en la mujer, que era la parte religiosa, la de la culpa, la social, maternal, del útero, lo que significa ser la que lo tiene y la que gesta a un hijo.

Entonces, Lucía habla mucho de toda esa parte maternal, pero también de las diosas, tierras, útero, todos estos hilos que nos atraviesan desde siempre. Desde la diosa madre y todas esas ideas, las empecé a dejar fluir de una manera libre.

Me gustaba que la mano escribiera todo lo que me iba pasando, pero lógicamente con una escaleta muy informal, algunas veces me surgían temas de maternidad, entonces allí los iba clasificando, pero no soy rígida en ese sentido. Creo que hay muchas visiones e imágenes que llegan en el proceso y me encanta recibirlas.

Si yo ya tengo un personaje, de pronto veo algo en la calle y digo “se lo tengo que poner”. Eso me encanta con todo, simplemente dejar que las ideas lleguen y la mano escriba.

Todos los días escribo y de los placeres más grandes para mí es reescribir. Me gusta coger estos textos que tengo, entonces, voy al cementerio al que los echo, los sacos, los miro, encuentro historias que me pongo a reescribir, ¡y es delicioso!

Creo que los ejercicios de la reescritura son de lo más importante.


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¿Qué haces cuando te bloqueas?

A mí no me sucede eso. Yo tengo unos espacios, por ejemplo, la música y la meditación me motivan cantidades en la escritura; luego me siento a escribir y es maravilloso.

Tengo un archivo de música que simplemente me centra en el ejercicio de la escritura, la mayoría es música clásica. Yo sé que pongo mis carpetas de música y con eso ya voy a la fija, ¡o películas también! El cine es completamente inspirador. Aquí el cine y el teatro me encantan, llego y veo estos personajes, siempre estoy viendo el conflicto, los personajes. Eso es maravilloso.

Sabes que en Asuntos de mujeres a la vocecita interna que nos sabotea, la bautizamos como “La Cabrona”, ¿qué haces tú con “la cabrona” que llevas en tu cabeza?

A la cabrona todos los días la trabajo, no quiero tenerla nunca conmigo, ni en la escritura ni en nada y todos los días trabajo en ella, es ese pensamiento inútil que no quiero conmigo.

Ahorita estoy muy dedicada a las acuarelas. Esta cabrona me decía: “hace cuánto tiempo no pintas”; y yo le decía: “bueno, mira, sí; te voy a demostrar que sí puedo pintar de nuevo”. Es una maravilla porque en ese momento vences todos esos pensamientos inútiles.

El que escribe es escritor. Hay que escribir todos los días, es un músculo; el que para de hacerlo simplemente se bloquea, porque es como hacer ejercicio, no paras.

Es como tocar un instrumento, tiene que ser mínimo ocho o diez horas al día pegado. Aquí el escritor, yo diría que trabaja mucho, no solo escribiendo, sino también en otros tipos de acciones que son bastante importantes: observar, escuchar, estar en silencio. A mí me llega muchísima información en los silencios.

¿Dónde podemos comprar tu libro?

Tiene que ser directamente desde la página de Frailejón (Colombia) y solo hay versión impresa.

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