¿Sabes qué es la cultura de violación?

¿Te parece normal que te piropeen cuando caminas por la calle? ¿Que cada vez que tomes alcohol, SIEMPRE exista el riesgo de que un hombre se meta contigo? ¿Que la ropa que uses justifique que te hagan algo porque “es muy provocativa”? Esto se llama cultura de violación, y es algo de lo que lamentablemente estamos acostumbradas. De esto escribe Alejandra Otero (@alejandraoteropz). Sigue leyendo.


Hablemos de algo que nos incomoda

Como sociedad, al escuchar la palabra “violación” sentimos un profundo rechazo, reconocemos esto como un delito, sabemos que está mal y que es moralmente incorrecto; pero al indagar un poco más allá en la definición que esta palabra abarca, nos quedamos en la superficie.

No nos damos cuenta de que, inconscientemente, perpetuamos una cultura de violación que revictimiza a las personas y pasa por alto agresiones y encuentros, que si bien no necesariamente son físicos, afectan moral y psicológicamente a quienes los sufren.

Durante estas últimas semanas en Venezuela, se han conocido muchísimos casos de abuso sexual y violación.

Lo que comenzó como un grupo de más de 17 testimonios en contra del vocalista de Los Colores, una banda de rock venezolana, se ha transformado en un importante movimiento de mujeres y hombres que denuncian sus experiencias, y que ha permeado al gremio artístico, intelectual y educativo venezolano.

Comentarios dañinos, que sin darnos cuenta, perpetúan esta cultura

Todas hemos escuchado cosas como: “Ay, pero tú sabes cómo es ella” refiriéndose al historial sexual de una mujer. O el clásico dicho de mamá: “Esa estaba buscando lo que no se le había perdido”. O el “Y luego dicen…” cuando una mujer lleva escote o ropa “reveladora”.

Lo sorprendente es que al escuchar estos comentarios no nos suenan las alarmas y pareciera ser normal culpar, de una manera u otra, a la víctima.

Además, toleramos actitudes que no son normales y que debemos desmontar de una vez por todas. Sí, hablo de esos piropos callejeros, hablo de la insistencia ante el primer NO, hablo del mito de que: “Ay, pero es que los hombres son así”.

Recuerdo que una vez un conocido me dijo: “A la mujer que no la piropean en la calle es porque es fea”.

Pienso en esto y me parece algo profundamente denigrante. ¿Acaso las mujeres necesitamos que nos griten obscenidades o nos toquen corneta para validar nuestro físico?

Porque sí, señoras. No te piropean porque eres linda, te piropean porque todo esto forma parte de la cultura de violación en la que vivimos.

Cuando el alcohol está de por medio, también tendemos a culpar a la víctima y a justificar al agresor. “Ay, pero él estaba borracho, ¿qué importa?” “Nadie las manda a que tomen tanto” “Estabas borracha, seguro estás exagerando”.

Es casi como si el estado de ebriedad del abusador justifica sus actos, pero para la víctima estar borracha o borracho es un pase libre para ser abusada o abusado.

El historial sexual, el estado de ebriedad, lo que esa persona estaba usando, el contexto en que se haya producido, la relación que la víctima tenía con quien la abusó, entre otras cosas, no deberían ser “los peros” cuando denunciamos algún tipo de violencia.

¡Métetelo en la cabeza!

No fue sino hasta hace dos años cuando yo empecé a tomar consciencia sobre este tipo de cosas, a leer más sobre feminismo, a darme cuenta de todas las conductas tóxicas (y generacionales) que aceptamos sin cuestionarnos y cuantas experiencias cercanas o no tan cercanas entran en este espectro cultural.


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¿De dónde viene este término?

La cultura de violación es un término que se empezó a usar en los años 70 con la segunda ola del feminismo en los Estados Unidos, en un momento en el que la concientización y reivindicación de los derechos sociales apenas estaba tomando auge.

Podríamos pensar que desde ese momento hemos evolucionado y que una demostración tan primitiva de misoginia ya no debería existir, pero no es así. Hablamos de cultura porque se trata de creencias, estigmas y formas de poder que se encuentran tan naturalizadas en la sociedad, que resultan omnipresentes en nuestro día a día.

Cultura de violación en Latinoamérica

Vivimos en una cultura de violación, y no solo hablo de Venezuela, sino de toda Latinoamérica.

Aquí, entran una cantidad de detalles que se ven ligados con las instituciones legales de cada país; donde aparentemente todos ven la definición de violación desde una óptica diferente y se evalúan una cantidad de aspectos como: la edad de consentimiento, el uso de la fuerza, la ausencia del no y la consciencia de la víctima.

Entonces, esta revictimización de las que les hablo no solo proviene por parte de prejuicios sociales, sino de las instituciones que “nos amparan”.

Es por eso que en una sociedad tan conservadora como la Latinoamericana, donde la impunidad es ley y la sexualidad se sigue viendo desde un lente tan conservador, es importante que se abran este tipo de conversaciones en la sociedad civil, por muy incómodas que nos resulten.

Veamos estas cifras:

Sin contar las miles de cifras que no se registran en toda la región, porque no se investigan, no se indagan, no se registran correctamente, no se denuncia por miedo y vergüenza y no hay justicia.

Entonces escuchamos: “Pero, ¿por qué no denunció?, porque NO HAY JUSTICIA, ni un trato digno a las víctimas.

¿Qué hacemos?

Es abrumador ver cómo lo que parecen ser cifras aleatorias, forman parte de una realidad muy cercana a todas. Esas cifras tienen cara, edad y nombre. Son nuestras amigas, conocidas e, incluso, nosotras mismas.

Si bien es muy difícil desmontar un fenómeno tan arraigado, ponerle nombre e identificar lo que está mal, es el primer paso; también replantear qué actitudes misóginas se han desarrollado a nuestro alrededor y abrir esta conversación con amigos, amigas o al sentarnos con nuestra familia.

Crear, aunque sea, un poquito de consciencia, es lo primero. Aprendiendo y desaprendiendo, de eso se trata.

La indiferencia también es complicidad. No volteemos la cara ni nos hagamos las ciegas o los ciegos ante esta realidad, solo por el hecho de que “No me ha pasado, no me importa”; porque en una cultura donde se justifica la violación, ninguna está a salvo ni de su propia familia.

A las madres y padres: eduquen a sus hijos desde la igualdad. No solamente a las niñas a que se “cuiden”, sino a los niños a que se relacionen con respeto y sin violencia. A los hombres le digo que es hora de replantearse el concepto de masculinidad que tanto daño les ha hecho.

No les restemos voz a aquellos movimientos que surgen desde la búsqueda de justicia e igualdad de género.

Y sobre todo, escuchemos a las víctimas, ¡creámosle! apoyémonos entre nosotras desde la sororidad y el acompañamiento y abramos espacios en donde se hable libremente sobre lo que debemos reconfigurar, siempre desde la pedagogía y la visibilidad.

Photo by Philipp Wüthrich on Unsplash


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